LAS NOVELAS A MARCIA LEONARDA

 

 

Lope de Vega conoce a Marta de Nevares a finales de 1616, un año después nacería Antonia Clara. En 1621 decide probar fortuna escribiendo una novela corta, según dice a petición de Marta de Nevares. En 1624 Marta se queda ciega. Lope escribe entonces otras tres novelitas más. Las cuatro van dedicadas a ella. Años después Marta enloquece y en 1632 muere.

Cuando Lope decide probar con el género novelístico que tan de moda había puesto Cervantes, ya conoce las posibilidades y libertades que el nuevo género permitía. A estas alturas de su vida, además, su personalidad como creador se ha desarrollado plenamente, no sólo en el teatro, también en la poesía y en otros géneros narrativos, como el pastoril y el bizantino, así que poco tiene que demostrar y casi nada que arriesgar.

Lope conoce bien a los posibles lectores de estas novelitas cortas, pues con frecuencia acostumbra a verlos en el teatro. Sabe también que éste es un género más humilde en el modo que la Arcadia y el  Peregrino, y “más usado de italianos y franceses que de españoles”, como dice al inicio de su primera novelita Las fortunas de Diana.

A primera vista, puede parecernos que Lope se dispone a dar al género un tono elevado, pues es consciente de la falta de prestigio que tiene en su época, entre otras cosas, por la falta de una preceptiva clásica que lo ampare. Esto no ocurría con el género pastorial ni con el bizantino que pronto encuentran sus modelos clásicos griegos y latinos a los que imitar desde el Renacimiento. Pero, aunque encontremos reflexiones y teorizaciones interesantes en estas novelitas sobre la creación literaria en general y sobre las prácticas novelísticas en particular, creo que más bien lo que hace Lope es aprovecharse de este género para tantear en temas y tonos, especialmente el erudito, que años después volverá a emplear en La Dorotea (1632).

Los intentos de elevar el tono de este género lo son más bien en el sentido de buscar en él una variedad y una originalidad, y de entretenerse mientras escribe, cumpliendo con los requerimientos de su dama y, al tiempo, con los de sus fieles lectores y lectoras. Más que nunca, en estas novelitas, escribe en función de su público, probando, ensayando con gusto en este nuevo género, con el fin, como él mismo dice, de “dar contento y gusto al pueblo” (La desdicha por la honra). No sé si es necesario acercarse a estas novelitas pensando que con ellas Lope pretende hacer un “arte nuevo de hacer novelas”, aunque algunos críticos así nos lo indican. No olvidemos los interesantes análisis de las digresiones y la retórica hechos por Jean-Michel Laspéras en La nouvelle en Espagne au Siècle d'Or (1987), Gonzalo Sobejano, Carmen Rabell o Lía Schwartz[1]. Lo que parece estar claro es que Lope se aprovecha del género para hacer una exhibición de sus ideas sobre el arte de narrar, ideas originales y creativas, ideas que sin duda podían aportar mucho al nuevo género[2].

No es la misma capacidad de riesgo con la que se aventura en el teatro la que nos encontramos en el tratamiento de estas novelas, ni la misma profundidad en los planteamientos teóricos que vimos en su Arte nuevo, tal vez no considera que las novelas merezcan este mismo trato, esta  dedicación arriesgada. Lope prefiere seguir los ejemplos de Juan de Timoneda o Cervantes, que habían asegurado ya un éxito de público, y ni siquiera busca un marco entendido a la manera tradicional ­–como en el Decamerón de Boccaccio‑ que hubiera complicado más la estructura, el estilo y la descripción de personajes, e incluso el propósito como ocurre en los Cigarrales de Toledo (1621) de Tirso y en las Novelas amorosas (1637) o los Desengaños amorosos (1647) de María de Zayas[3]. Lo que hace Lope es una ingeniosa transformación del marco narrativo menos comprometedor, al acompañar por una serie de “intercolunios”[4] esa relación entre narrador y narrataria, como veremos más adelante. Lía Schwartz explica como la función de éstos será la de “guiar la lectura de los relatos, anticipando comentarios sobre cuestiones semánticas y estilísticas, función que cumplían, en el Decamerón, los juicios emitidos por los narradores-receptores de las novelle, es decir, los diez jóvenes florentinos que se habían reunido en el campo para huir de la peste, donde deciden contar historias para entretenerse”[5].

Tras probar suerte y ver los resultados de la primera novelita, Las fortunas de Diana, y sin  la obligación de seguir escribiendo ninguna otra, Lope se siente libre con el nuevo género y percibe las posibilidades del mismo. Por eso, cuando toma la decisión de continuar con otras, deja sin problemas volar su pluma, pues tiene claro que “esto de novelas no es versos cultos” (La desdicha por la honra), así que puede dejarse llevar por la curiosidad de los “hombres científicos” y de los “grandes cortesanos”[6], (al fin y al cabo, él es uno de ellos, aunque no sea un neoaristoteliano, como lo ha demostrado en su Arte nuevo de hacer comedias), y valerse de misceláneas, officinas y polianteas; también puede optar por el estilo de los humildes, o deleitarse buscando esa complicidad que tanto le gusta con su público femenino y ensayar nuevas complicidades y guiños seductores con Marcia Leonarda, comprobando, además, el efecto que éstos causan en sus posibles lectoras:

 

... en este género de escritura ha de haber una oficina de cuanto se viniere a la pluma sin disgusto de los oídos, aunque lo sea de los preceptos; porque ya de cosas altas, ya de humildes, ya de episodios y paréntesis, ya de historias, ya de fábulas, ya de reprensiones y ejemplos, ya de versos y lugares de autores, pienso valerme, para que ni sea tan grave el estilo que canse a los que no saben, ni tan desnudo de algún arte que le remitan al polvo los que entienden (La desdicha por la honra).

 

Esta amalgama de géneros, elementos  y estilos de la que habla está presente en todas sus novelas, pero es ésta una de las características que está siempre presente en la prosa novelística de la época[7].

 

A medida que va escribiendo, Lope comienza a sen­tirse más a gusto con el nuevo género; hay libertad, es flexible y prima la variedad; además, “yo he pensado que tienen las novelas los mismos preceptos que las come­dias” y también, en cierto modo, beben ambas de las mismas fuentes. La novela se presenta como un género que da cabida a todo y con el que todos deben disfrutar, tanto los “hombres científicos” y “grandes cortesanos” como el vulgo menos culto, y, por supuesto, las damas. Para todos estos lectores destinará el tropel de aventu­ras, las muertes y los naufragios, los desafíos y adulterios, las acciones trepidantes llenas de intriga y emoción, los enredos y también los diálogos amorosos y sutiles.

La importancia que está concediendo a este público es la misma que le concede en el patio de butacas. Aunque Lope se muestre mucho más conservador en este género, el teatro está presente en el desarrollo de todas sus novelas. Se sirve de la experiencia aprendida en las tablas para ir  incorporando con soltura al género narrativo las situaciones de enredo que tan bien conoce: citas equivocadas y encuentros casuales, mujeres disfrazadas de varón, dobles puertas que invitan a la con­fusión, apariciones, apartes y un ritmo rápido en los diálogos vivos y ágiles. En las NML Lope es autor y es personaje, a veces hace un aparte o sirve de apuntador. La influencia del teatro es tal que se ha llegado a decir que sus historias podrían dividirse en actos más que en episodios[8]. A veces parece tan influido por las tablas, que olvida describir las formas o colores de la escena que narra ante un público que ahora es lector y no está viendo el escenario.

No sólo la experiencia de las tablas está presente, Lope es un gran narrador y poeta. Así la acción, como veremos, se desarrolla entre piratas, tormentas y naufragios, duelos, raptos, fugas y cautiverios, que pertenecen a la tradición bizantina, y a estos ingredientes se añade un sinfín de in­terrupciones del hilo narrativo median serenatas, ro­mances y poemas en escenas pastoriles, y cartas, digresiones y discursos sobre distintos temas de carácter más o menos culto.

Todos estos elementos salvarán una y otra vez la tensión narrativa, convirtiendo las historias en amenísimos relatos. Todo es acción y diá­logo, y, aunque reconoce que “las descripciones son muy importantes a la inteligencia de las historias” (La desdicha por la honra) , en los escasos cuadros que pinta utiliza fórmulas tópicas e imáge­nes condensadas en metáforas poéticas.

 

Verdaderamente las cuatro novelitas que Lope de Vega dedica a su amiga Marta de Nevares son de las más sugerentes y amenas de todo el variado panorama de la prosa novelística de la época, junto con Las novelas ejemplares de Cervantes y las Novelas amorosas y los Desengaños amorosos de María de Zayas. La crítica, tal vez deslumbrada por la ingente obra dramática del Fénix, no ha concedido la atención que, a nuestro entender, merecen estas novelas.

 

Lope publica en 1621, en la imprenta de Alonso Martín y en volumen misceláneo La Filomena donde se dan cita varias rimas, una novelita titulada Las fortunas de Diana, y un Papel que escribió un señor destos reinos a Lope de Vega Carpio en razón de la nueva poesía. Poco tiempo después, en 1624, Lope publica La Circe dedicada a Gaspar de Guzmán con otras rimas, dos epístolas y otras novelas: La desdicha por la honra, La más prudente venganza y Guzmán el Bravo. Estas tres y la publicada en 1621 son conocidas en la actualidad por el título de Novelas a Marcia Leonarda y se editan juntas.

 


Entretenimientos eruditos

 

 

Cuando Marta de Nevares pidió a Lope que le escri­biera una novela, le pedía uno de esos relatos o historias de amor y aventuras que tan de moda se habían puesto en Italia (Bandello, Straparola, Cinthio), en Francia (Margarita de Navarra, Pierre Boaistuau) y en España (Eslava, Cervantes, Castillo Solórzano). Estas novelas, como sabemos, carecían de una preceptiva, no tenían normas ni reglas fijas y eran consideradas de estilo humilde.

Lope atiende el ruego de su dama y escribe una no­vela, respondiendo al tópico de la escritura por orden de otro[9], que pronto se convierte en un modo de seducción, como veremos. Pero, aunque muestre cierta inse­guridad y temor a “no acertar a servirla: porque mandarme que escriba una novela ha sido novedad para mí...”, esta petición le resultará muy sugerente y gustará de tenerla siempre bien presente al inicio de cada una de las novelitas. También necesitará como talismán la presencia continua de Marcia Leonarda -esconda o no ésta el nombre de Marta de Nevares-, que se convierte en musa y motor de la creación, en personaje y lectora-oyente con la que compartir las dudas que el nuevo género ocasiona.

Lope conoce la necesidad que tiene novela de una teoría que la sus­tente y de una preceptiva con sus reglas y leyes, como en el teatro o en la poesía. Lo que hasta ese momento se había hecho era bien poco, los humanistas no sabían dónde incluir este nuevo género y la falta de teorías literarias al respecto era absoluta. Sólo en algunos prólo­gos y preámbulos el propio escritor, como justificándose, daba lo que a su entender eran los presupuestos del género[10].

En esas palabras sobre la novela dispersas por aproba­ciones, prólogos o preámbulos se insistía en que las no­velas debían entretener y ofrecer ejemplaridad al lector, debían ser amenas y, como los exempla medievales, permitir que el lector sacara de la lectura algún provecho o sabiduría, alguna enseñanza o moralidad. De acuerdo con esto, Lope relaciona desde el principio las novelas con los cuentos e intenta entroncar éstas con la tradición espa­ñola. La manera que elige será la de emparentar los cuentos con los libros de caballerías y éstos con las novelas; de ambos recogerá, como veremos, distintos recursos y fórmulas estilísticas [11].

Conociendo el estado del género y su historia, Lope se propone, como dice Francisco Rico, escribir sus novelas combinando la originalidad, el entretenimiento y el sa­ber[12]. Es decir, se propone buscar una fórmula que le per­mita ser original en la selección, disposición y organiza­ción de las historias que cuente y que éstas sean entrete­nidas y den “gusto al pueblo, aun­que se ahorque el arte”, como dice en los preliminares de La desdicha por la honra; el saber vendrá con la preparación humanista y con la consideración de que novelar debe ser cosa de “hombre científicos”.

A medida que pasa el tiempo y Lope sigue escribiendo sus novelas, los comentarios teóricos que las encabezan van haciéndose más precisos y claros. Hay que tener en cuenta que desde la publicación de El pasajero (1617) de Cristóbal Suárez de Figueroa los intentos de elevar el carácter y estilo de las novelas ha ido en aumento[13]. Menéndez Pidal señaló en su momento que las teorías literarias de Lope de Vega sufren una transformación hacia 1617[14]. Efectivamente, si con anterioridad a esa fecha encon­tramos numerosas defensas de la fantasía libre creadora (naturaleza frente a arte en la polémica de la época), pronto parece descubrir lo contrario y pasar apasionadamente a defender el saber teórico del oficio de escritor como cualidad necesaria para el bien hacer. Éste es el espíritu que inspirará tanto las NML como La Do­rotea, en ambas es fundamental escribir de acuerdo a unas normas, atender a la ar­quitectura y tener suficientes conocimientos como para poder acompañar esas normas de erudición y sabias digresiones. Creo, como dice Evangelina Costa, que la novela estaba intentando definirse “en términos de un género de complejidad intelectual y ensayística”[15]. Además, hay que tener muy en cuenta las circunstancias y dificultades que habían rodeado siempre a la novela, desde las primeras censuras que tuvieron que superar las traducciones de los novellieri, hasta las intromisiones de la Junta de Reformación que crea en 1621 Felipe IV y que aconsejaban no dar licencia de impresión a un género que se consideraba poco conveniente para la juventud. A Lope y a otros escritores en la década de los años treinta les pareció entonces apropiado incluir en las novelas contenidos eruditos (Lope en su Dorotea, elimina la palabra "novela" del título, sustituyéndola por “Acción en prosa”), pues, de esta manera podían evitar que la prosa narrativa tuviera que plegarse a objetivos meramente didácticos y a retóricas ejemplarizantes como modo de justificar o disimular otras intenciones[16]. La opción de incluir elementos de varia erudición que toma Lope iba más con su carácter  y su educación humanista que la de los discursos moralizantes.

Carmen Rabell explica a lo largo de su estudio las dificultades que parece tener la personalidad de Lope con los discursos didácticos y moralizantes. Está claro que nunca acaba de sentirse seguro cuando se trata de incluir este tipo de digresiones en boca del narrador o de alguno de los personajes. Cuando tiene que llevar la ejemplaridad a la práctica narrativa, algo falla, muchas veces encontramos contradicciones entre el discurso moral y lo que hace el protagonista, o situaciones en las que quedan parodiados los comportamientos que poco antes se habían descrito como modélicos.

La primera de las novelas, Las fortunas de Diana, ya presenta situaciones que nos sirven de ejemplo. Las razones que da la joven Diana para que Celio no la visite en su habitación son las siguientes:

 

no es posible, porque los aposentos donde duermo caen a los corrales de unas casillas de alguna gente pobre, y por ninguna cosa del mundo me atreveré a dar disgusto a mi madre y hermano, si tan desigual libertad de mis obligaciones llegase a sus oídos...

 

Estas tienen en el joven el efecto contrario, pues le sirven de pista para saber cómo entrar en la casa de la que será su amante. Así que, cuando el lector espera una disculpa moral por parte de Diana, pues la protagonista ha sido descrita de manera elogiosa, alabando su “alegría en la obediencia” y su discreción, el lector se lleva esta sorpresa. Celio, joven de gran nobleza y honor, rompe con todos los códigos y, tras descubrir el modo de subir a la habitación de Diana (la gente pobre por unas monedas le facilitará el paso), mantiene relaciones con ella dejándola embarazada. Diana no sólo permitirá la entrada a la habitación repetidamente (Celio llega a quedarse en ella unos días), sino que estará dispuesta, después de robar las joyas de su madre, a irse con él. Los dos protagonistas actúan inmoralmente. De esta manera, “el narrador, nos dice Carmen Rabell, se hace ambiguo, menos digno de confianza; es doble y contradictorio al igual que sus personajes, se compone de un ser y un fingir ser. Como resultado, las máximas morales que emite constantemente el narrador en torno a su historia se vacían de su función aparentemente didáctica para pasar a tener un carácter ambivalente”[17].

El carácter moral de las novelas es pues ambiguo, al margen de que el narrador presente una y otra vez ese carácter moral a partir del dictamen de tal o cual sentencia. Se dictan sentencias y máximas con frecuencia, pero la moralidad de las mismas tiende a relativizarse por el modo en que el propio narrador las presenta, incluso hay momentos en los que parece defender ideas poco convencionales para la época. Por ejemplo, en La prudente venganza el castigo del adulterio no nos sirve como enseñanza, pues éste se produce en una trama secundaria y en circunstancias que tienen que ver más con el error, la maldad y el infortunio de otros personajes, que con los que han cometido adulterio.

La despreocupación que manifiesta Lope por la finalidad didáctica de las novelas se acentúa con la utilización del humor, de la ironía, y con los continuos guiños que hace a su lectora y amante cómplice Marcia Leonarda. Recordemos también que Lope se ha ordenado sacerdote en 1614, que en 1617 nace Antonia Clara y en 1619 muere el marido de Marta de Nevares.

En cualquier caso, la frecuencia con la que Lope parece relativizar el carácter moral de las digresiones, quizá sea la forma de denunciar el empeño que están poniendo instituciones y academias literarias en el didactismo como elemento integrador del género novelístico. El tiempo le dará la razón y en muchas ocasiones la crítica nos ha señalado como causa principal de la decadencia de la narrativa española este abuso de elementos didácticos[18].

 

La opción hacia la presencia de elementos eruditos (“hombres científicos”) con la finalidad de “elevar” el género novelístico está tomada desde la primera novela; el estilo nunca será demasiado grave “que canse a los que no saben, ni tan desnudo de algún arte, que le remitan al polvo los que entienden” (La desdicha...)[19]. Para Lope, educado en ese humanismo tan amigo de la catalogación de citas y topoi, era normal acudir a la autoridad de los antiguos y, como tantos otros escritores del momento, recurrirá con frecuencia a las misceláneas de varia erudición para ofrecer estas intervenciones cultas en el discurso narrativo, sabiendo como el lector valora la variedad y la heterogeneidad discursiva. La riqueza de estas intervenciones del narrador será una fuente de placer retórico para él mismo y para el lector iniciado en los saberes enciclopédicos, acostumbrado a la erudición de misceláneas y polianteas; este lector disfrutará reconociendo y recordando cada cita, sentencias, anécdota de personaje histórico, dicho célebre y alu­sión mitológica. La inclusión de este material desde el Renacimiento cumplía, como dice Lía Schwartz[20], la “función de conferir autoridad a las generalizaciones que un narrador deducía de las acciones de sus personajes y con las que se construía el entramado “ejemplar”, que daría “utilidad” o valor moralizante a la obra”. Más adelante:

 

Lope es un digno representante de esa cultura del “bricolage” que produjo el humanismo renacentista y debe ser reevaluado dentro de los parámetros establecidos por aquélla. Importa menos descubrir, por tanto, que sus citas proceden de polianteas o de colecciones de dicta, que examinar con qué destreza fueron incorporadas a unos textos, que renovaron la novela corta en su siglo[21].

 

 

Cuando sus novelas comienzan a correr de mano en mano por la Corte y Lope decide publicarlas, sabe que tendrá que estar alerta ante los críticos, que siempre ha­brá un lector dispuesto a señalar la falta de autoridades o la poca variedad de ellas, incluso lo desafortunado de un giro culterano. Quizá sea ésta la razón que le lleve a publicarlas en volumen misceláneo, a usar la retórica en los preámbulos y, tal vez, a abusar de las digresiones con el fin de tener contentos al crítico, al culterano y al erudito.

Veamos cómo son esas digresiones de Lope:

         Un primer grupo lo forman citas, máximas y dichos de autores clásicos, y anécdotas de personajes de la antigüe­dad, que Lope recoge de las misceláneas de erudición:

 

Acuérdome en esta ocasión de aquella pintura famosa que hace Lucano de Casio Sceva, tercero de sus Guerras civiles, que sacó en aquella memorable batalla el escudo pasado por ducientas y treinta partes, y afirma haberle visto; persona debía de ser de crédito, pues fue señor de Roma, que lo era entonces del mundo (Guzmán el Bra­vo).

 

¡Oh noche, qué de desdichas tienes a tu cuenta!, no en balde te llamó Estacio acomodada a engaños, Sé­neca horrenda y los poetas hija de la tierra y de las Parcas, que es lo mismo que de la muerte, pues ellas ma­tan y la tierra consume lo que entierra (La más prudente venganza).

 

Laura quedó cuidadosa, llena de solícito te­mor, que así define el amor Ovidio (La más prudente venganza).

 

Sintió Alejandro que estaba en mejor lugar Felisardo, y dándole a los celos, como el verdadero amor nunca tuvo término en el amar, que así lo sintió Proper­cio, llegó a ser descompostura en su autoridad y modes­tia (La desdicha por la honra).

 

Un segundo grupo sería el formado por los cuentos, refranes, burlas y chistes que provienen de las colecciones medievales que tan de moda pusieron los humanistas. Dos de los cuentos con más interés serían los que encabezan La desdicha por la honra y Guzmán el Bravo. Me refiero a la parábola del anciano que no recordaba el credo y a la fábula del labrador y la liebre de Gabriel Faerno. También podemos señalar otros ejemplos:

 

Hallé una vez en un librito gracioso, que llaman Floresta española, una sentencia que había dicho un cier­to conde: “Que Vizcaya era pobre de pan y rica de man­zanas”; y tenía puesto a la margen algún hombre de buen gusto, cuyo había sido el libro: “Sí diría”, que me pare­ció notable donaire (La desdicha por la honra).

 

Y a este propósito quiero que sepa que un gentilhombre deste lugar, más dichoso en hacienda que en ingenio, visitaba una dama de las que estiman más el ingenio que la ha­cienda, que deben de ser pocas. Contábale un día la renta que tenía y, entre otras necedades, acabó con decir que encerraba trecientas anegas de trigo y ciento de ce­bada con treinta carros de paja, y añadió que le dijese lo que le parecía de su hacienda, a quien ella respondió: “Paréceme, señor, que el trigo es mucho, y poca la cebada y paja para lo que vuestra merced merece" (La desdicha por la honra).

 

En la misma novela y al finalizar ésta Lope recuerda:

 

Y en este lugar me acuerdo de haber leído en una comedia portuguesa tratar un viejo con un amigo suyo de que quería casar su hijo, y diciéndole el otro: “No lo hagáis, que está enamorado de una cortesana”, respondió el viejo: “Ya lo sé, y si intento casarle es porque han reñido y averiguado unos celos, y es buena la ocasión deste enojo para apartarle della”. A quien re­plicó el amigo: “¡Qué poco sabéis de lo que puede una voluntad antigua fundada en trato! Ésta es la hora que anda vuestro hijo buscando disculpas a esa mujer para el mismo agravio que le ha hecho”.

 

En un tercer apartado se agruparían las reflexiones, co­mentarios o discursos sobre cuestiones teóricas relativas a la literatura, al modo de escribir novelas, a la lengua y a las novedades aportadas por los culteranos o venidas de Italia. Por ejem­plo:

 

No le será difícil a vuestra merced creer que era poeta este mancebo en este fertilísimo siglo deste género de legumbre, que ya dicen que los pronósticos y almana­ques ponen, entre garbanzos, lentejas, cebada, trigo y es­párragos: “Habrá tales y tales poetas” (La desdicha por la honra).

 

Y aquí, de paso, advierta vuestra merced que, a muchos ignorantes que piensan que saben, espanta que con tales vocablos se dé a Garcilaso nombre de prín­cipe de los poetas de España. Tornada y otros vocablos que se ven en sus obras era lo que se usaba entonces, y así, ninguno desta edad debe bachillerear tanto, que le parezca que si Garcilaso naciera en ésta no usara gallarda­mente de los aumentos de nuestra lengua (Las fortunas de Diana).

 

En un último grupo, habría que incluir las numerosas digresiones de temas variadísimos que salpican la narra­ción a cada paso, desde las que versan sobre costumbres de la época, modos de vestir, música, historia, filosofía o religión, hasta las de asuntos tratados con mayor trascen­dencia por el autor, como el amor, la muerte, los celos y el honor. Veamos algunos ejemplos:

 

Felisardo no llevó bien que le hablase en la braveza ni en el cuidado de los bigotes, que aunque no había los estantales que les ponen agora (ya de cuero de ámbar, ya de lo que solía ser feal­dad y, agora, o los hace más gruesos o los sustenta, que se llama en la botica Bigotorum duplicatio, como si dijé­semos por donaire a un gordo: “tiene dos barbas”), no los traía con descuido (La desdicha por la honra).

 

Era don Felis moreno (...), gentil disposición, adornada de notable talle; modestia y cortesía, no a la traza de la lin­deza de agora, con alza‑cuello de tela, que por disfraz llaman gola, horrible traje de hombres españoles (Guz­mán el Bravo).

 

Pero dirá vuestra merced: “¿Qué tienen que ver los elementos y principios de la generación de amor con las calidades elementales?” Mas bien sabe vues­tra merced que nuestra humana fábrica tiene dellos su ori­gen, y que su armonía y concordancia se sustenta y en­gendra deste principio, que, como siente el filósofo, es la primera raíz de todas las pasiones naturales (La más prudente venganza).

 

Y, esforzando la naturaleza al mayor contrario (que no sé cómo se entienda aquí aquel con­suelo de Séneca en la primera epístola, que nos engaña­mos en la consideración de la muerte por mayor, pues todo lo que pasó de la edad ya lo tiene la muerte), se sentó en una silla y dispuso la voluntad a la fuerza y el ánimo del valor al miedo de la pena (La desdicha por la honra).

 

 

En mi primer contacto con las NML, ya mencionaba como estas interrupciones más o menos cultas producían un cierto distanciamiento que favorecía en algunos momentos la interpretación paródica y burlesca de muchos de los pasajes[22]. Así ocurre, por ejemplo, en La desdicha por la honra al hacer referencia a la “buena memoria de fray Antonio de Guevara, escritor célebre, a quien de aquí y de allí jamás faltó un filósofo para prohijarle una sentencia suya”; purd, como todos sabemos, Guevara inventaba unas veces la fuente de la cita a la que se refería y otras imaginaba la existencia de autores a los que adscribía textos igualmente inexistentes.

En resumen, como vemos, Lope ha optado finalmente por tratar la novela corta como hombre científico y gran cortesano, y al ser ésta un género híbrido y variado incorporará en él el mayor número posible de elementos heterogéneos y fórmulas literarias atestiguadas en la tradición. Encon­traremos a cada paso recursos que aprendió en su queha­cer como hombre de teatro, novelista, poeta y lector.

Como ya indicó Francisco Ynduráin, las novelas de Lope “tie­nen mucho de formulario[23], apenas en­contramos elementos, recursos o escenas que no estén tomados de géneros literarios bien conocidos. Los personajes también responden a las características tópicas de lo que represen­tan, son hermosas y jóvenes damas, galanes corteses y discretos. En las descripciones espaciales sigue las fórmulas de rigor, también cuando se trata de indicar los cambios de tiempo[24]. Ahora bien, Lope siempre sabe introducir algún motivo original, dar una pincelada de realismo o un giro conversacional. La originalidad descansa, además, en el modo de entrelazar los elementos que utiliza, de orga­nizar la narración, incluyéndose a sí mismo en lo narrado, dialogando con su amiga Marcia, disponiendo el relato a favor del entretenimiento y del público. Los argumentos y los recursos estilísticos responden a las modas literarias de su época, mientras la técnica narrativa empleada será el resultado de haberse entregado por completo al nuevo pasatiempo que le propone su dama.


 

 

Mandóme vuestra merced escribir una novela

 

 

Mandóme vuestra merced escribir una novela, enviéle Las fortunas de Diana, volvióme tales agradecimientos, que luego presumí que quería engañarme en mayor cantidad, y hame salido tan cierto el pensamiento, que me manda escribir un libro dellas, como si yo pudiese medir mis ocupaciones con su obediencia. (La desdicha por la honra)

 

Las cuatro novelitas están dedicadas a Marcia Leonarda. Claramente el protagonismo que ésta adquiere nos parece tan significativo que por esta razón vamos a dedicarle unas líneas.

 

Estamos no sólo ante el tópico de la escritura por orden de otro, sino también ante un caso de escritura como forma de seducción, de galanteo, de escritura que favorece las relaciones del autor con su dama, y que tiene como objetivo la obtención de sus favores. (Recurso antiguo, por otro lado, si pensamos en la época de los trovadores)[25].

 

El mundo de la literatura es el mundo de Lope de Vega y éste le sirve, una vez más, como modo de relqacionarse con el otro, para confirmar una relación, y como pretexto para el galanteo. Lope en La viuda de Valencia (1620), también dedicada a Marcia Leonarda, presentaba el caso de una joven que comenzaba una relación amorosa, dejando entrar en su casa al que creía un vendedor ambulante de novelas; la literatura facilitaba la relación entre los dos jóvenes. Asunción Rallo afirma al respecto que las NML están “pensadas para la mujer amada, como cortejo y servicio de amor, como diálogo amoroso y como formación literaria para una experiencia vital”[26].

 

Literatura y cortejo amoroso. En muchas ocasiones vemos como Lope se refiere a la escritura de las novelas como servicio a su dama: “No he dejado de obedecer a vuestra merced por ingratitud, sino por temor de no acertar a servirla... Yo, que nunca pensé que el novelar entrara en mi pensamiento, me veo embarazado entre su gusto de vuestra merced y mi obediencia; pero, por no faltar a la obligación y porque no parezca negligencia...” dice al comienzo de Las fortunas de Diana. En La desdicha por la honra: “que me manda escribir un libro dellas, como si yo pudiese medir mis ocupaciones con su obediencia”; “Prometo a vuestra merced que me obliga a escribir en materia que no sé como pueda acertar a servirla...” insiste al comienzo de La más prudente venganza. En la última novela, algo cansado de tanta obligación, parece exigir un agradecimiento que no llega:

 

Si vuestra merced desea que yo sea su novelador, ya que no puedo ser su festejante, será necesario y aun preciso que me favorezca y que me aliente el agradecimiento (Guzmán el Bueno).

 

No cabe duda que a Lope le gusta el juego de las seducciones, conoce el poder de su elocuencia, ha visto los teatros llenos de un público entregado y satisfecho. Lope disfruta seduciendo a sus lectores y lectoras, a sus personajes y a sí mismo en el acto de escribir[27]. La seducción y el entretenimiento serán los principales objetivos en estas novelas, ambos influirán en la selección de los materiales y condicionarán, a nuestro entender, todo el supuesto discurso didáctico-moral.

El papel de Marcia es el de personaje y público, es una lectora que representa a ese público potencialmente nuevo de las novelas, un público no experto en letras, pero muy interesado y atento. Se trata de seducirle y de entretenerle, estos objetivos obligarán a ciertas rupturas con el decoro y la práctica retórica, y, desde luego, a la preferencia por tramas azarosas y variadas, ligeras de contenido y próximas a los cuentos donde las heroínas, que son el centro de la narración, presienten los peligros del amor, comparten esos peligros con los lectores, y, luego, se dejan atrapar por ellos, cayendo en redes y en trampas cuyas consecuencias parecían conocer. Que distinta la posición de Lope con respecto a la de María de Zayas en sus Desengaños amorosos. Lope no pretende enseñar ni educar, a diferencia de Zayas, a sus lectoras, así que, como era común en su época, también él considera que las mujeres deben leer sólo para entretenerse en casa, pues adquirir conocimientos no sólo no les es necesario, sino que, además, puede resultar perjudicial. Las novelitas están pensadas para que el público femenino disfrute en casa leyendo con las amigas o en círculos familiares. Muchos de los “intercolunios” que interrumpen el diálogo prueban esta prioridad. Marcia no debe aburrirse, tiene que estar contenta, entretenida y mantener así la atención en la lectura:

 

Contenta estará vuestra merced señora Leonarda, de la mejoría de nuestro cuento, pues ya queda Diana en servicio del Rey Católico... (Las fortunas de Diana).

 

Todos estos intercolunios han sido, señora Marcia, por aliviar a vuestra merced la tristeza que le habrán dado las lágrimas de Silvia y excusarme yo de referir el contento y alegría de los dos amantes, habiéndose conocido (La desdicha por la honra).

 

Pues sepa vuestra merced que las descripciones son muy importantes a la inteligencia de las historias, y hasta agora yo no he dado en cosmógrafo por no cansar a vuestra merced..." (La desdicha por la honra).

 

La intención de María de Zayas es bien distinta: es prioritario para ella enseñar y avisar del peligro a las jóvenes lectoras, así que por eso veremos como, cuando las heroínas caen en las “redes”, es porque “no saben”, así las historias se convierten en avisos, advertencias, enseñanzas y ejemplos que enseñan a “ver” esos peligros para poder evitar caer en ellos.

 

Marcia no es mero pretexto para la narración, ni siquiera es pretexto para dirigirse a un número mayor de personas. A Lope siempre le ha gustado la complicidad con su público, y, en este caso, la relación que propone a través de la literatura con Marcia Leonarda es mucho más íntima y personal. El género lo permite así que decide hacer su trabajo más agradable compartiendo con su musa Marcia hasta las decisiones que hay que tomar ante las alternativas técnicas que ofrece la práctica del nuevo género. La presencia de Marcia en el texto es fundamental, le motiva, le inspira y acaba justificando la dedicación a un género que consideraba menor.

La voz de Lope acaba funcionando como hilo conduc­tor del relato[28], subrayando las situaciones, comentando y haciendo apartes con Marcia. Así consigue, como lo conse­guía el gracioso en la escena[29], aproximarse más a su público y a su interlocutora, que a su vez sirve de puente entre el autor, la obra, los personajes y el lector. Lope y Marcia constituyen un marco narrativo verda­deramente atractivo y original. A diferencia del Decame­rón, en las Novelas a Marcia Leonarda no son los perso­najes los que cuentan las historias mientras otros escuchan, sino el mismo autor es el que deja oír su voz, mientras Mar­cia, personaje y persona, ficción y realidad, escucha atenta. Es justamente esta relación entre autor y destinatario[30] la que consigue dar ese tinte personal y originalísimo a toda la obra.

El diálogo constante entre ambos sirve de trama paralela que constata una original relación literaria entre escritor y lectora, y que va más allá de la retórica del “vuestra merced pide que le escriba” de la picaresca. Se produce un diálogo que nos deja ver la riqueza y ambivalencia de esta relación unas veces familiar, intimista, paternalista, otras cómplice, seductora, amorosa... Hay momentos en los que Lope trata a Marcia como a una niña, apenas sin educación, reducida al ámbito doméstico y a los paseos por el Prado:

 

y hasta agora yo no he dado en cosmógrafo por no cansar a vuestra merced, que desde su casa al Prado le parece largo el mundo (La desdicha por la honra).

 

 

No sabe latín:

 

Sólo atendiendo a perder a Diana, a quien él imaginaba sol del mundo Antártico, decía, casi en imitación de Marcial, un poeta latino, por quien a vuestra merced le está mejor no saber su lengua (Las fortunas de Diana).

 

En otras es una mujer culta a la que puede pedir consejo y compartir dudas, es, además, mujer y amante que recibe comentarios picantes, compañera cómplice y preferente lectora a la que pocas veces recrimina y muchas alaba.

 

Veamos algunos ejemplos:

 

Pero antes que pase de aquí, le quiero preguntar a vuestra merced, si acaso sabe, pues es persona que conoce a Cicerón, a Ovidio y a otros sabios, y se puede hablar con vuestra merced en materia de difiniciones y etimologías, ¿por qué dijo el castellano “mojicón” (Guzmán el Bueno).

 

Las comparaciones ya sabrá vuestra merced que no han de ser tan uniformes que pareciesen identidades, y así verá vuestra merced por instantes blanca como la nieve, hidalgo como el rey, mas sabio que Salomón y más poeta que Homero (Guzmán el Bueno).

 

Llegó con sus padres Laura, y pensando que de solo los árboles era vista, en sólo el faldellín, cubierto de oro, y la pretinilla, comenzó a correr por ellos...

Caerá vuestra merced fácilmente en este traje, que, si no me engaño, la vi en él un día tan descuidada como Laura, pero no menos hermosa (La más prudente venganza).

 

 

 Es mujer capaz de participar en los diálogos de amor al estilo de los humanistas de León Hebreo:

 

Pero dirá vuestra merced: “¿Qué tienen que ver los elementos y principios de la generación de amor con las calidades elementales?” Más bien sabe vuestra merced que nuestra humana fábrica tiene dellos su origen, y que su armonía y concordancia se sustenta y engendra deste principio, que, como siente el filósofo, es la primera raíz de todas las pasiones naturales (La más prudente venganza).

 

Y con preparación suficiente para recibir un guiño cómplice:

 

No pienso que le habrá sido a vuestra merced gustoso el episodio, en razón de la poca inclinación que tiene al señor Himeneo de los atenienses; pero por lo menos le desvié la imaginación del agravio injusto que hicieron estas bodas al ausente Lisardo y la facilidad con que se persuadió la mal vengada Laura (La más prudente venganza).

 

Siempre pendiente de que su lectora no se canse le permite que pase las digresiones de tal o cual pasaje, si lo desea:

 

y vuestra merced, señora Leonarda, si tiene más deseo de saber las fortunas de Diana que de oír cantar a Fabio, podrá pasar los versos de este romance sin leerlos (Las fortunas de Diana).

 

 

 

Asimismo hay otros casos en los que Lope ironiza en cuanto a la educación o capacidad de comprensión de Marcia[31], que, de pronto parece no conocer ni a Aristóteles:

 

Demás que yo he pensado que tienen las novelas los mismos preceptos que las comedias, cuyo fin es haber dado su autor contento y gusto al pueblo, aunque se ahorque el arte, y esto, aunque va dicho al descuido, fue opinión de Aristóteles. Y por si vuestra merced no supiere quién es este hombre, desde hoy quede advertida de que no supo latín, porque habló en la lengua que le enseñaron sus padres, y pienso que era en Grecia (La desdicha por la honra).

 

Pero a vuestra merced ¿qué le va ni le viene en que hablen como quisieren de Garcilaso? (...) Atrévome con vuestra merced con lo que se viene a la pluma, porque sé que, como no ha estudiado retórica, no sabrá cuánto en ella se reprehenden las digresiones largas (Las fortunas de Diana).

 

En general, Lope describe a su receptora como mujer que sabe lo suficiente para poder mantener ese pseudodiálogo valioso y sugestivo para la creación literaria al que asistimos como lectores. Marcia debe saber y sabe sólo para escuchar, tiene que ser y es culturalmente obra del amante, y así funciona perfectamente como receptora.  Al final, de lo que se trata es de conseguir una Marcia dócil, maleable, elástica, manejable por el creador y a disposición del narrador[32].

 

No por esto deja Lope de ser respetuoso y comprensivo con ella. Al final de su vida era consciente de la dificultad de ser mujer en su sociedad, además, su educación humanista y su carácter optimista le vuelven a alejar de la desengañada María de Zayas, y defiende el matrimonio como estado de equilibrio y bienestar, como institución que combina el amor espiritual y