Lope de Vega conoce a Marta de Nevares a finales de 1616, un año después nacería Antonia Clara. En 1621 decide probar fortuna escribiendo una novela corta, según dice a petición de Marta de Nevares. En 1624 Marta se queda ciega. Lope escribe entonces otras tres novelitas más. Las cuatro van dedicadas a ella. Años después Marta enloquece y en 1632 muere.
Cuando Lope decide probar con el género novelístico que tan de moda
había puesto Cervantes, ya conoce las posibilidades y libertades que el nuevo
género permitía. A estas alturas de su vida, además, su personalidad como
creador se ha desarrollado plenamente, no sólo en el teatro, también en la
poesía y en otros géneros narrativos, como el pastoril y el bizantino, así que
poco tiene que demostrar y casi nada que arriesgar.
Lope conoce bien a los posibles lectores de estas novelitas cortas,
pues con frecuencia acostumbra a verlos en el teatro. Sabe también que éste es
un género más humilde en el modo que la Arcadia
y el Peregrino, y “más usado de italianos y
franceses que de españoles”, como dice al inicio de su primera novelita Las fortunas de Diana.
A primera vista, puede parecernos que Lope se dispone a dar al género
un tono elevado, pues es consciente de la falta de prestigio que tiene en su
época, entre otras cosas, por la falta de una preceptiva clásica que lo ampare.
Esto no ocurría con el género pastorial ni con el bizantino que pronto
encuentran sus modelos clásicos griegos y latinos a los que imitar desde el
Renacimiento. Pero, aunque encontremos reflexiones y teorizaciones interesantes
en estas novelitas sobre la creación literaria en general y sobre las prácticas
novelísticas en particular, creo que más bien lo que hace Lope es aprovecharse
de este género para tantear en temas y tonos, especialmente el erudito, que
años después volverá a emplear en La
Dorotea (1632).
Los intentos de elevar el tono de este género lo son más bien en el
sentido de buscar en él una variedad y una originalidad, y de entretenerse
mientras escribe, cumpliendo con los requerimientos de su dama y, al tiempo,
con los de sus fieles lectores y lectoras. Más que nunca, en estas novelitas,
escribe en función de su público, probando, ensayando con gusto en este nuevo
género, con el fin, como él mismo dice, de “dar contento y gusto al pueblo” (La desdicha por la honra). No sé si es
necesario acercarse a estas novelitas pensando que con ellas Lope pretende
hacer un “arte nuevo de hacer novelas”, aunque algunos críticos así nos lo
indican. No olvidemos los interesantes análisis de las digresiones y la
retórica hechos por Jean-Michel Laspéras en La
nouvelle en Espagne au Siècle d'Or (1987), Gonzalo Sobejano, Carmen Rabell
o Lía Schwartz[1].
Lo que parece estar claro es que Lope se aprovecha del género para hacer una
exhibición de sus ideas sobre el arte de narrar, ideas originales y creativas,
ideas que sin duda podían aportar mucho al nuevo género[2].
No es la misma capacidad de riesgo con la que se aventura en el teatro
la que nos encontramos en el tratamiento de estas novelas, ni la misma
profundidad en los planteamientos teóricos que vimos en su Arte nuevo, tal vez no considera que las novelas merezcan este mismo trato, esta dedicación arriesgada. Lope prefiere seguir
los ejemplos de Juan de Timoneda o Cervantes, que habían asegurado ya un éxito
de público, y ni siquiera busca un marco entendido a la manera tradicional –como
en el Decamerón de Boccaccio‑
que hubiera complicado más la estructura, el estilo y la descripción de
personajes, e incluso el propósito como ocurre en los Cigarrales de Toledo (1621) de
Tirso y en las Novelas amorosas
(1637) o los Desengaños amorosos (1647) de María de Zayas[3]. Lo que hace Lope es una
ingeniosa transformación del marco narrativo menos comprometedor, al acompañar
por una serie de “intercolunios”[4] esa relación entre
narrador y narrataria, como veremos más adelante. Lía Schwartz explica como la
función de éstos será la de “guiar la lectura de los relatos, anticipando
comentarios sobre cuestiones semánticas y estilísticas, función que cumplían,
en el Decamerón, los juicios emitidos
por los narradores-receptores de las novelle,
es decir, los diez jóvenes florentinos que se habían reunido en el campo para
huir de la peste, donde deciden contar historias para entretenerse”[5].
Tras probar suerte y ver los
resultados de la primera novelita, Las
fortunas de Diana, y sin la
obligación de seguir escribiendo ninguna otra, Lope se siente libre con el
nuevo género y percibe las posibilidades del mismo. Por eso, cuando toma la decisión de continuar con otras, deja sin problemas
volar su pluma, pues tiene claro que “esto de novelas no es versos cultos” (La desdicha por la honra), así que puede
dejarse llevar por la curiosidad de los “hombres científicos” y de los “grandes
cortesanos”[6],
(al fin y al cabo, él es uno de ellos, aunque no sea un neoaristoteliano, como
lo ha demostrado en su Arte nuevo de
hacer comedias), y valerse de misceláneas, officinas y polianteas; también puede optar por el estilo de los
humildes, o deleitarse buscando esa complicidad que tanto le gusta con su
público femenino y ensayar nuevas complicidades y guiños seductores con Marcia
Leonarda, comprobando, además, el efecto que éstos causan en sus posibles
lectoras:
... en este género de escritura ha de
haber una oficina de cuanto se viniere a la pluma sin disgusto de los oídos,
aunque lo sea de los preceptos; porque ya de cosas altas, ya de humildes, ya de
episodios y paréntesis, ya de historias, ya de fábulas, ya de reprensiones y
ejemplos, ya de versos y lugares de autores, pienso valerme, para que ni sea
tan grave el estilo que canse a los que no saben, ni tan desnudo de algún arte
que le remitan al polvo los que entienden (La
desdicha por la honra).
Esta amalgama de géneros, elementos y estilos de la que habla está presente en
todas sus novelas, pero es ésta una de las características que está siempre
presente en la prosa novelística de la época[7].
A medida que va escribiendo, Lope comienza a sentirse más a gusto con el
nuevo género; hay libertad, es flexible y prima la variedad; además, “yo he pensado que tienen las novelas
los mismos preceptos que las comedias” y también, en cierto
modo, beben ambas de las mismas fuentes. La novela
se presenta como un género que da cabida a todo y con el que todos deben
disfrutar, tanto los “hombres científicos” y “grandes cortesanos” como el vulgo
menos culto, y, por supuesto, las damas. Para todos estos lectores destinará el
tropel de aventuras, las muertes y los naufragios, los desafíos y adulterios,
las acciones trepidantes llenas de intriga y emoción, los enredos y también los
diálogos amorosos y sutiles.
La importancia que está concediendo a este público es la misma que le concede en el patio de butacas. Aunque Lope se muestre mucho más conservador en este género, el teatro está presente en el desarrollo de todas sus novelas. Se sirve de la experiencia aprendida en las tablas para ir incorporando con soltura al género narrativo las situaciones de enredo que tan bien conoce: citas equivocadas y encuentros casuales, mujeres disfrazadas de varón, dobles puertas que invitan a la confusión, apariciones, apartes y un ritmo rápido en los diálogos vivos y ágiles. En las NML Lope es autor y es personaje, a veces hace un aparte o sirve de apuntador. La influencia del teatro es tal que se ha llegado a decir que sus historias podrían dividirse en actos más que en episodios[8]. A veces parece tan influido por las tablas, que olvida describir las formas o colores de la escena que narra ante un público que ahora es lector y no está viendo el escenario.
No sólo la experiencia de las tablas está presente, Lope es un gran narrador y poeta. Así la acción, como veremos, se desarrolla entre piratas, tormentas y naufragios, duelos, raptos, fugas y cautiverios, que pertenecen a la tradición bizantina, y a estos ingredientes se añade un sinfín de interrupciones del hilo narrativo median serenatas, romances y poemas en escenas pastoriles, y cartas, digresiones y discursos sobre distintos temas de carácter más o menos culto.
Todos estos elementos salvarán una y otra vez la tensión
narrativa, convirtiendo las historias en amenísimos relatos. Todo es acción y
diálogo, y, aunque reconoce que “las descripciones son muy importantes a la
inteligencia de las historias” (La desdicha por la honra) , en los escasos cuadros que pinta
utiliza fórmulas tópicas e imágenes condensadas en metáforas poéticas.
Verdaderamente las cuatro novelitas que Lope de Vega dedica a su amiga Marta de Nevares son de las más sugerentes y amenas de todo el variado panorama de la prosa novelística de la época, junto con Las novelas ejemplares de Cervantes y las Novelas amorosas y los Desengaños amorosos de María de Zayas. La crítica, tal vez deslumbrada por la ingente obra dramática del Fénix, no ha concedido la atención que, a nuestro entender, merecen estas novelas.
Lope publica en 1621, en la imprenta de Alonso
Martín y en volumen misceláneo La
Filomena donde se dan cita varias rimas, una novelita
titulada Las fortunas de Diana, y un Papel que escribió un señor destos reinos a Lope
de Vega Carpio en razón de la nueva poesía.
Poco tiempo después, en 1624, Lope
publica La Circe dedicada a Gaspar de Guzmán con otras rimas, dos
epístolas y otras novelas:
La desdicha por la honra, La más prudente
venganza y Guzmán el Bravo. Estas tres y la publicada en
1621 son conocidas en la actualidad por el título de Novelas a Marcia
Leonarda
y se editan juntas.
Entretenimientos eruditos
Cuando Marta de Nevares pidió a Lope
que le escribiera una novela, le pedía uno de esos relatos o historias de amor
y aventuras que tan de moda se habían puesto en Italia (Bandello, Straparola,
Cinthio), en Francia (Margarita de Navarra, Pierre Boaistuau) y en España
(Eslava, Cervantes, Castillo Solórzano). Estas novelas, como sabemos, carecían
de una preceptiva, no tenían normas ni reglas fijas y eran consideradas de
estilo humilde.
Lope atiende el ruego de su dama y escribe una novela, respondiendo al
tópico de la escritura por orden de otro[9], que pronto se convierte en un modo
de seducción, como veremos. Pero, aunque
muestre cierta inseguridad y temor a “no acertar a servirla:
porque mandarme que escriba una novela ha sido novedad para mí...”, esta
petición le resultará muy sugerente y gustará de tenerla siempre bien presente
al inicio de cada una de las novelitas. También necesitará como talismán la
presencia continua de Marcia Leonarda -esconda o no ésta el nombre de Marta de
Nevares-, que se convierte en musa y motor de la creación, en personaje y
lectora-oyente con la que compartir las dudas que el nuevo género ocasiona.
Lope conoce la necesidad que tiene novela de una teoría que la sustente
y de una preceptiva con sus reglas y leyes, como en el teatro o en la poesía.
Lo que hasta ese momento se había hecho era bien poco, los humanistas no sabían
dónde incluir este nuevo género y la falta de teorías literarias al respecto
era absoluta. Sólo en algunos prólogos y preámbulos el propio escritor, como
justificándose, daba lo que a su entender eran los presupuestos del género[10].
En esas palabras sobre la novela dispersas por aprobaciones, prólogos
o preámbulos se insistía en que las novelas debían entretener y ofrecer ejemplaridad al lector, debían ser amenas y, como los exempla
medievales, permitir que el lector sacara de la lectura algún provecho o sabiduría,
alguna enseñanza o moralidad. De acuerdo con esto, Lope
relaciona desde el principio las novelas con los cuentos e intenta entroncar éstas con la tradición española. La manera
que elige será la de emparentar los cuentos con los libros de caballerías y
éstos con las novelas; de ambos recogerá, como veremos, distintos recursos y
fórmulas estilísticas [11].
Conociendo el estado del género y su historia, Lope
se propone, como dice Francisco Rico, escribir sus novelas combinando la
originalidad, el entretenimiento y el saber[12]. Es decir, se propone
buscar una fórmula que le permita ser original en la selección, disposición y
organización de las historias que cuente y que
éstas sean entretenidas y den “gusto
al pueblo, aunque se ahorque el arte”, como dice en los preliminares de La desdicha por la honra; el saber vendrá con la preparación
humanista y con la consideración de que novelar debe ser cosa de “hombre
científicos”.
A medida que pasa el tiempo y Lope sigue escribiendo sus novelas, los comentarios
teóricos que las encabezan van haciéndose más precisos y
claros. Hay
que tener en cuenta que desde la publicación de El pasajero (1617) de Cristóbal Suárez de Figueroa los intentos de
elevar el carácter y estilo de las novelas ha ido en aumento[13]. Menéndez Pidal señaló en
su momento que las teorías literarias de Lope de Vega sufren una transformación
hacia 1617[14]. Efectivamente, si con anterioridad a esa
fecha encontramos numerosas defensas de la fantasía libre creadora (naturaleza
frente a arte en la polémica de la época), pronto parece descubrir lo contrario
y pasar apasionadamente a defender el saber teórico del oficio de escritor como
cualidad necesaria para el bien hacer. Éste es el espíritu que inspirará tanto las NML como La Dorotea, en
ambas es fundamental escribir de acuerdo a unas normas, atender a la arquitectura
y tener suficientes conocimientos como para poder acompañar esas normas de
erudición y sabias digresiones. Creo, como dice Evangelina Costa, que la novela
estaba intentando definirse “en términos de un género de complejidad
intelectual y ensayística”[15]. Además, hay que tener
muy en cuenta las circunstancias y dificultades que habían rodeado siempre a la
novela, desde las primeras censuras que tuvieron que superar las traducciones
de los novellieri, hasta las
intromisiones de la Junta de Reformación que crea en 1621 Felipe IV y que
aconsejaban no dar licencia de impresión a un género que se consideraba poco
conveniente para la juventud. A Lope y a otros escritores en la década de los
años treinta les pareció entonces apropiado incluir en las novelas contenidos
eruditos (Lope en su Dorotea, elimina
la palabra "novela" del título, sustituyéndola por “Acción en
prosa”), pues, de esta manera podían evitar que la prosa narrativa tuviera que
plegarse a objetivos meramente didácticos y a retóricas ejemplarizantes como
modo de justificar o disimular otras intenciones[16]. La opción de incluir
elementos de varia erudición que toma Lope iba más con su carácter y su educación humanista que la de los discursos
moralizantes.
Carmen Rabell explica a lo largo de su estudio las dificultades que
parece tener la personalidad de Lope con los discursos didácticos y
moralizantes. Está claro que nunca acaba de sentirse seguro cuando se trata de
incluir este tipo de digresiones en boca del narrador o de alguno de los
personajes. Cuando tiene que llevar la ejemplaridad a la práctica narrativa,
algo falla, muchas veces encontramos contradicciones entre el discurso moral y
lo que hace el protagonista, o situaciones en las que quedan parodiados los
comportamientos que poco antes se habían descrito como modélicos.
La primera de las novelas, Las fortunas de Diana, ya presenta situaciones que nos sirven de
ejemplo. Las razones que da la joven Diana para que Celio no la visite en su
habitación son las siguientes:
no es posible, porque los aposentos donde duermo caen a los corrales
de unas casillas de alguna gente pobre, y por ninguna cosa del mundo me
atreveré a dar disgusto a mi madre y hermano, si tan desigual libertad de mis
obligaciones llegase a sus oídos...
Estas tienen en el joven el efecto contrario, pues
le sirven de pista para saber cómo entrar en la casa de la que será su amante.
Así que, cuando el lector espera una disculpa moral por parte de Diana, pues la
protagonista ha sido descrita de manera elogiosa, alabando su “alegría en la
obediencia” y su discreción, el lector se lleva esta sorpresa. Celio, joven de
gran nobleza y honor, rompe con todos los códigos y, tras descubrir el modo de
subir a la habitación de Diana (la gente pobre por unas monedas le facilitará
el paso), mantiene relaciones con ella dejándola embarazada. Diana no sólo
permitirá la entrada a la habitación repetidamente (Celio llega a quedarse en
ella unos días), sino que estará dispuesta, después de robar las joyas de su
madre, a irse con él. Los dos protagonistas actúan inmoralmente. De esta
manera, “el narrador, nos dice Carmen Rabell, se hace ambiguo, menos digno de
confianza; es doble y contradictorio al igual que sus personajes, se compone de
un ser y un fingir ser. Como resultado, las máximas morales que emite
constantemente el narrador en torno a su historia se vacían de su función
aparentemente didáctica para pasar a tener un carácter ambivalente”[17].
El carácter moral de las novelas es pues ambiguo, al
margen de que el narrador presente una y otra vez ese carácter moral a partir
del dictamen de tal o cual sentencia. Se dictan sentencias y máximas con
frecuencia, pero la moralidad de las mismas tiende a relativizarse por el modo
en que el propio narrador las presenta, incluso hay momentos en los que parece
defender ideas poco convencionales para la época. Por ejemplo, en La prudente venganza el castigo del
adulterio no nos sirve como enseñanza, pues éste se produce en una trama
secundaria y en circunstancias que tienen que ver más con el error, la maldad y
el infortunio de otros personajes, que con los que han cometido adulterio.
La despreocupación que manifiesta Lope por la
finalidad didáctica de las novelas se acentúa con la utilización del humor, de
la ironía, y con los continuos guiños que hace a su lectora y amante cómplice
Marcia Leonarda. Recordemos también que Lope se ha ordenado sacerdote en 1614,
que en 1617 nace Antonia Clara y en 1619 muere el marido de Marta de Nevares.
En cualquier caso, la frecuencia con la que Lope parece relativizar el carácter moral de las digresiones, quizá sea la forma de denunciar el empeño que están poniendo instituciones y academias literarias en el didactismo como elemento integrador del género novelístico. El tiempo le dará la razón y en muchas ocasiones la crítica nos ha señalado como causa principal de la decadencia de la narrativa española este abuso de elementos didácticos[18].
La opción hacia la presencia de elementos eruditos (“hombres científicos”) con la finalidad de “elevar” el género novelístico está tomada desde la primera novela; el estilo nunca será demasiado grave “que canse a los que no saben, ni tan desnudo de algún arte, que le remitan al polvo los que entienden” (La desdicha...)[19]. Para Lope, educado en ese humanismo tan amigo de la catalogación de citas y topoi, era normal acudir a la autoridad de los antiguos y, como tantos otros escritores del momento, recurrirá con frecuencia a las misceláneas de varia erudición para ofrecer estas intervenciones cultas en el discurso narrativo, sabiendo como el lector valora la variedad y la heterogeneidad discursiva. La riqueza de estas intervenciones del narrador será una fuente de placer retórico para él mismo y para el lector iniciado en los saberes enciclopédicos, acostumbrado a la erudición de misceláneas y polianteas; este lector disfrutará reconociendo y recordando cada cita, sentencias, anécdota de personaje histórico, dicho célebre y alusión mitológica. La inclusión de este material desde el Renacimiento cumplía, como dice Lía Schwartz[20], la “función de conferir autoridad a las generalizaciones que un narrador deducía de las acciones de sus personajes y con las que se construía el entramado “ejemplar”, que daría “utilidad” o valor moralizante a la obra”. Más adelante:
Lope es un digno representante
de esa cultura del “bricolage” que produjo el humanismo renacentista y debe ser
reevaluado dentro de los parámetros establecidos por aquélla. Importa menos
descubrir, por tanto, que sus citas proceden de polianteas o de colecciones de dicta, que examinar con qué destreza
fueron incorporadas a unos textos, que renovaron la novela corta en su siglo[21].
Cuando sus novelas comienzan a correr de mano en
mano por la Corte y Lope decide publicarlas, sabe
que tendrá que estar alerta ante los críticos, que siempre habrá un lector
dispuesto a señalar la falta de autoridades o la poca variedad de ellas,
incluso lo desafortunado de un giro culterano. Quizá
sea ésta la razón que le lleve a publicarlas en volumen misceláneo, a usar la
retórica en los preámbulos y, tal vez, a abusar de las digresiones con el fin
de tener contentos al crítico, al culterano y al erudito.
Veamos cómo son esas digresiones de Lope:
Un primer grupo lo forman citas, máximas y dichos de autores clásicos, y anécdotas de personajes de la antigüedad, que Lope recoge de las misceláneas de erudición:
Acuérdome en esta ocasión de aquella pintura famosa que hace Lucano de Casio Sceva,
tercero de sus Guerras civiles, que
sacó en aquella memorable batalla el escudo pasado por ducientas
y treinta partes, y afirma haberle visto; persona debía de ser de crédito, pues
fue señor de Roma, que lo era entonces del mundo (Guzmán el Bravo).
¡Oh noche, qué de desdichas tienes a tu cuenta!, no en balde te llamó Estacio acomodada a engaños, Séneca
horrenda y los poetas hija de la tierra y de las Parcas, que es lo mismo que de
la muerte, pues ellas matan y la tierra consume lo que entierra
(La más prudente venganza).
Laura quedó cuidadosa, llena de solícito temor, que así define el amor Ovidio (La más
prudente venganza).
Sintió Alejandro que estaba en mejor lugar Felisardo,
y dándole a los celos, como el verdadero amor nunca tuvo término en el amar,
que así lo sintió Propercio,
llegó a ser descompostura en su autoridad y modestia (La desdicha
por la honra).
Un segundo grupo sería el formado por los cuentos, refranes, burlas y
chistes que provienen de las colecciones medievales que tan de moda pusieron
los humanistas. Dos de los cuentos con más interés serían los que encabezan La desdicha por la honra y Guzmán el Bravo. Me refiero a la parábola del
anciano que no recordaba el credo y a
la fábula del labrador y la liebre de Gabriel Faerno. También podemos señalar otros ejemplos:
Hallé una vez en un librito gracioso, que llaman Floresta española, una sentencia que había dicho un cierto conde:
“Que Vizcaya era pobre de pan y rica de manzanas”; y tenía puesto a la margen algún hombre de buen
gusto, cuyo había sido el libro: “Sí diría”, que me
pareció notable donaire
(La desdicha por la honra).
Y a este propósito quiero que sepa que un
gentilhombre deste lugar, más dichoso en hacienda
que en ingenio, visitaba una dama de las que estiman más el ingenio que la hacienda,
que deben de ser pocas. Contábale un día la renta
que tenía y, entre otras necedades, acabó con decir que encerraba trecientas anegas de trigo y ciento de
cebada con treinta carros de paja, y añadió que le dijese lo que le parecía de
su hacienda, a quien ella respondió: “Paréceme,
señor, que el trigo es mucho, y poca la cebada y paja para lo que vuestra
merced merece" (La
desdicha por la honra).
En la misma novela y al finalizar ésta Lope
recuerda:
Y en este lugar me acuerdo de haber leído en una comedia portuguesa tratar un viejo con un amigo suyo de que quería casar su hijo, y diciéndole el otro: “No lo hagáis, que está enamorado de una cortesana”, respondió el viejo: “Ya lo sé, y si intento casarle es porque han reñido y averiguado unos celos, y es buena la ocasión deste enojo para apartarle della”. A quien replicó el amigo: “¡Qué poco sabéis de lo que puede una voluntad antigua fundada en trato! Ésta es la hora que anda vuestro hijo buscando disculpas a esa mujer para el mismo agravio que le ha hecho”.
En un tercer
apartado se agruparían las reflexiones, comentarios o discursos sobre
cuestiones teóricas relativas a la literatura, al modo de escribir novelas, a
la lengua y a las novedades aportadas por los culteranos o venidas de Italia. Por ejemplo:
No le será difícil a vuestra merced creer que era poeta este mancebo en este fertilísimo siglo deste género de legumbre, que ya dicen que los pronósticos y almanaques ponen, entre garbanzos, lentejas, cebada, trigo y espárragos: “Habrá tales y tales poetas” (La desdicha por la honra).
Y aquí, de paso, advierta vuestra merced que, a muchos ignorantes que piensan que saben, espanta que con tales vocablos se dé a Garcilaso nombre de príncipe de los poetas de España. Tornada y otros vocablos que se ven en sus obras era lo que se usaba entonces, y así, ninguno desta edad debe bachillerear tanto, que le parezca que si Garcilaso naciera en ésta no usara gallardamente de los aumentos de nuestra lengua (Las fortunas de Diana).
En un último
grupo, habría que incluir las numerosas digresiones de temas variadísimos que salpican la narración a cada paso,
desde las que versan sobre costumbres de la época, modos de vestir, música,
historia, filosofía o religión, hasta las de asuntos tratados con mayor trascendencia por el autor, como el amor, la
muerte, los celos y el honor. Veamos algunos ejemplos:
Felisardo no llevó bien que le hablase en la braveza ni en el cuidado de los bigotes, que aunque no había los estantales que les ponen agora (ya de cuero de ámbar, ya de lo que solía ser fealdad y, agora, o los hace más gruesos o los sustenta, que se llama en la botica Bigotorum duplicatio, como si dijésemos por donaire a un gordo: “tiene dos barbas”), no los traía con descuido (La desdicha por la honra).
Era don Felis moreno (...), gentil disposición, adornada de notable talle; modestia y cortesía, no a la traza de la lindeza de agora, con alza‑cuello de tela, que por disfraz llaman gola, horrible traje de hombres españoles (Guzmán el Bravo).
Pero dirá vuestra merced: “¿Qué tienen que ver los elementos y principios de la generación de amor con las calidades elementales?” Mas bien sabe vuestra merced que nuestra humana fábrica tiene dellos su origen, y que su armonía y concordancia se sustenta y engendra deste principio, que, como siente el filósofo, es la primera raíz de todas las pasiones naturales (La más prudente venganza).
Y, esforzando la naturaleza al mayor contrario (que no sé cómo se entienda aquí aquel consuelo de Séneca en la primera epístola, que nos engañamos en la consideración de la muerte por mayor, pues todo lo que pasó de la edad ya lo tiene la muerte), se sentó en una silla y dispuso la voluntad a la fuerza y el ánimo del valor al miedo de la pena (La desdicha por la honra).
En mi primer contacto con las NML, ya mencionaba como estas interrupciones más o menos cultas
producían un cierto distanciamiento que favorecía en algunos momentos la
interpretación paródica y burlesca de muchos de los pasajes[22]. Así ocurre, por ejemplo,
en La desdicha por la honra al hacer
referencia a la “buena memoria de fray Antonio de Guevara, escritor célebre, a
quien de aquí y de allí jamás faltó un filósofo para prohijarle una sentencia
suya”; purd, como todos sabemos, Guevara inventaba unas veces la fuente de la
cita a la que se refería y otras imaginaba la existencia de autores a los que
adscribía textos igualmente inexistentes.
En resumen, como vemos, Lope ha optado finalmente por tratar la novela corta como hombre
científico y gran cortesano, y al ser ésta un género híbrido y variado
incorporará en él el mayor número posible de elementos heterogéneos y fórmulas
literarias atestiguadas en la tradición. Encontraremos a cada paso recursos
que aprendió en su quehacer como hombre de teatro, novelista, poeta y lector.
Como ya indicó Francisco Ynduráin, las
novelas de Lope “tienen mucho de formulario”[23], apenas encontramos elementos,
recursos o escenas que no estén tomados de géneros literarios bien conocidos.
Los personajes también responden a las características tópicas de lo que
representan, son hermosas y jóvenes damas, galanes corteses y discretos. En
las descripciones espaciales sigue las fórmulas de rigor, también cuando se
trata de indicar los cambios de tiempo[24]. Ahora bien, Lope
siempre sabe introducir algún motivo original, dar una pincelada de realismo o
un giro conversacional. La originalidad descansa, además, en el
modo de entrelazar los elementos que utiliza, de organizar la narración,
incluyéndose a sí mismo en lo narrado, dialogando con su amiga Marcia, disponiendo el relato a favor
del entretenimiento y del público. Los argumentos y los recursos estilísticos responden a las modas literarias de su
época, mientras la técnica narrativa empleada será el resultado de haberse
entregado por completo al nuevo pasatiempo que le propone su dama.
Mandóme vuestra merced escribir una novela, enviéle Las fortunas de Diana, volvióme tales
agradecimientos, que luego presumí que quería engañarme en mayor cantidad, y
hame salido tan cierto el pensamiento, que me manda escribir un libro dellas,
como si yo pudiese medir mis ocupaciones con su obediencia. (La desdicha por la honra)
Las cuatro novelitas están dedicadas a Marcia Leonarda. Claramente el protagonismo que ésta adquiere nos parece tan significativo que por esta razón vamos a dedicarle unas líneas.
Estamos no sólo ante el tópico de la escritura por orden de otro, sino también ante un caso de escritura como forma de seducción, de galanteo, de escritura que favorece las relaciones del autor con su dama, y que tiene como objetivo la obtención de sus favores. (Recurso antiguo, por otro lado, si pensamos en la época de los trovadores)[25].
El mundo de la literatura es el mundo de Lope de Vega y éste le sirve, una vez más, como modo de relqacionarse con el otro, para confirmar una relación, y como pretexto para el galanteo. Lope en La viuda de Valencia (1620), también dedicada a Marcia Leonarda, presentaba el caso de una joven que comenzaba una relación amorosa, dejando entrar en su casa al que creía un vendedor ambulante de novelas; la literatura facilitaba la relación entre los dos jóvenes. Asunción Rallo afirma al respecto que las NML están “pensadas para la mujer amada, como cortejo y servicio de amor, como diálogo amoroso y como formación literaria para una experiencia vital”[26].
Literatura y cortejo amoroso. En muchas ocasiones vemos como Lope se refiere a la escritura de las novelas como servicio a su dama: “No he dejado de obedecer a vuestra merced por ingratitud, sino por temor de no acertar a servirla... Yo, que nunca pensé que el novelar entrara en mi pensamiento, me veo embarazado entre su gusto de vuestra merced y mi obediencia; pero, por no faltar a la obligación y porque no parezca negligencia...” dice al comienzo de Las fortunas de Diana. En La desdicha por la honra: “que me manda escribir un libro dellas, como si yo pudiese medir mis ocupaciones con su obediencia”; “Prometo a vuestra merced que me obliga a escribir en materia que no sé como pueda acertar a servirla...” insiste al comienzo de La más prudente venganza. En la última novela, algo cansado de tanta obligación, parece exigir un agradecimiento que no llega:
Si vuestra merced desea que
yo sea su novelador, ya que no puedo ser su festejante, será necesario y aun
preciso que me favorezca y que me aliente el agradecimiento (Guzmán el Bueno).
No cabe duda
que a Lope le gusta el juego de las seducciones, conoce el poder de su
elocuencia, ha visto los teatros llenos de un público entregado y satisfecho.
Lope disfruta seduciendo a sus lectores y lectoras, a sus personajes y a sí
mismo en el acto de escribir[27].
La seducción y el entretenimiento serán los principales objetivos en estas
novelas, ambos influirán en la selección de los materiales y condicionarán, a
nuestro entender, todo el supuesto discurso didáctico-moral.
El papel de
Marcia es el de personaje y público, es una lectora que representa a ese
público potencialmente nuevo de las novelas, un público no experto en letras,
pero muy interesado y atento. Se trata de seducirle y de entretenerle, estos
objetivos obligarán a ciertas rupturas con el decoro y la práctica retórica, y,
desde luego, a la preferencia por tramas azarosas y variadas, ligeras de
contenido y próximas a los cuentos donde las heroínas, que son el centro de la
narración, presienten los peligros del amor, comparten esos peligros con los
lectores, y, luego, se dejan atrapar por ellos, cayendo en redes y en trampas
cuyas consecuencias parecían conocer. Que distinta la posición de Lope con
respecto a la de María de Zayas en sus Desengaños
amorosos. Lope no pretende enseñar ni educar, a diferencia de Zayas, a sus
lectoras, así que, como era común en su época, también él considera que las
mujeres deben leer sólo para entretenerse en casa, pues adquirir conocimientos
no sólo no les es necesario, sino que, además, puede resultar perjudicial. Las
novelitas están pensadas para que el público femenino disfrute en casa leyendo
con las amigas o en círculos familiares. Muchos de
los “intercolunios” que interrumpen el diálogo prueban esta prioridad. Marcia
no debe aburrirse, tiene que estar contenta, entretenida y mantener así la
atención en la lectura:
Contenta estará
vuestra merced señora Leonarda, de la mejoría de nuestro cuento, pues ya queda
Diana en servicio del Rey Católico... (Las
fortunas de Diana).
Todos estos
intercolunios han sido, señora Marcia, por aliviar a vuestra merced la tristeza
que le habrán dado las lágrimas de Silvia y excusarme yo de referir el contento
y alegría de los dos amantes, habiéndose conocido (La desdicha por la honra).
Pues sepa
vuestra merced que las descripciones son muy importantes a la inteligencia de
las historias, y hasta agora yo no he dado en cosmógrafo por no cansar a
vuestra merced..." (La desdicha por
la honra).
La intención de
María de Zayas es bien distinta: es prioritario para ella enseñar y avisar del
peligro a las jóvenes lectoras, así que por eso veremos como, cuando las
heroínas caen en las “redes”, es porque “no saben”, así las historias se
convierten en avisos, advertencias, enseñanzas y ejemplos que enseñan a “ver”
esos peligros para poder evitar caer en ellos.
Marcia no es mero pretexto para la narración, ni siquiera es pretexto para dirigirse a un número mayor de personas. A Lope siempre le ha gustado la complicidad con su público, y, en este caso, la relación que propone a través de la literatura con Marcia Leonarda es mucho más íntima y personal. El género lo permite así que decide hacer su trabajo más agradable compartiendo con su musa Marcia hasta las decisiones que hay que tomar ante las alternativas técnicas que ofrece la práctica del nuevo género. La presencia de Marcia en el texto es fundamental, le motiva, le inspira y acaba justificando la dedicación a un género que consideraba menor.
La
voz de Lope acaba funcionando como hilo
conductor del relato[28], subrayando las situaciones,
comentando y haciendo apartes con Marcia. Así consigue, como lo conseguía el gracioso en la escena[29],
aproximarse más a su público y a su interlocutora, que a su vez sirve de puente
entre el autor, la obra, los personajes y el lector. Lope y Marcia constituyen un marco
narrativo verdaderamente atractivo y original. A diferencia del Decamerón, en las Novelas a Marcia
Leonarda
no son los personajes los que cuentan
las historias mientras otros escuchan, sino el mismo autor es el que deja oír
su voz, mientras Marcia, personaje
y persona, ficción y realidad, escucha atenta. Es
justamente esta relación entre autor y destinatario[30] la
que consigue dar ese tinte personal y originalísimo a toda la obra.
El diálogo constante entre ambos sirve
de trama paralela que constata una original relación literaria entre escritor y
lectora, y que va más allá de la retórica del “vuestra merced pide que le
escriba” de la picaresca. Se produce un diálogo que nos deja ver la riqueza y
ambivalencia de esta relación unas veces familiar, intimista, paternalista,
otras cómplice, seductora, amorosa... Hay momentos en los que Lope trata a
Marcia como a una niña, apenas sin educación, reducida al ámbito doméstico y a
los paseos por el Prado:
y hasta agora yo no he dado en cosmógrafo por no cansar a vuestra
merced, que desde su casa al Prado le parece largo el mundo (La desdicha por la honra).
No sabe latín:
Sólo atendiendo a perder a Diana, a quien él imaginaba sol del mundo
Antártico, decía, casi en imitación de Marcial, un poeta latino, por quien a
vuestra merced le está mejor no saber su lengua (Las fortunas de Diana).
En otras es una mujer culta a la que
puede pedir consejo y compartir dudas, es, además, mujer y amante que recibe
comentarios picantes, compañera cómplice y preferente lectora a la que pocas
veces recrimina y muchas alaba.
Veamos algunos ejemplos:
Pero antes que pase de aquí, le quiero preguntar a vuestra merced, si
acaso sabe, pues es persona que conoce a Cicerón, a Ovidio y a otros sabios, y
se puede hablar con vuestra merced en materia de difiniciones y etimologías,
¿por qué dijo el castellano “mojicón” (Guzmán
el Bueno).
Las comparaciones ya sabrá vuestra merced que no han de ser tan
uniformes que pareciesen identidades, y así verá vuestra merced por instantes
blanca como la nieve, hidalgo como el rey, mas sabio que Salomón y más poeta
que Homero (Guzmán el Bueno).
Llegó con sus padres Laura, y pensando que de solo los árboles era
vista, en sólo el faldellín, cubierto de oro, y la pretinilla, comenzó a correr
por ellos...
Caerá vuestra merced fácilmente en este traje, que, si no me engaño,
la vi en él un día tan descuidada como Laura, pero no menos hermosa (La más prudente venganza).
Es mujer capaz de participar en los diálogos de amor al estilo de los
humanistas de León Hebreo:
Pero dirá vuestra merced: “¿Qué tienen que ver los
elementos y principios de la generación de amor con las calidades elementales?”
Más bien sabe vuestra merced que nuestra humana fábrica tiene dellos su origen,
y que su armonía y concordancia se sustenta y engendra deste principio, que,
como siente el filósofo, es la primera raíz de todas las pasiones naturales (La más prudente venganza).
Y con preparación suficiente para recibir un guiño
cómplice:
No pienso que le habrá sido a vuestra merced gustoso
el episodio, en razón de la poca inclinación que tiene al señor Himeneo de los
atenienses; pero por lo menos le desvié la imaginación del agravio injusto que
hicieron estas bodas al ausente Lisardo y la facilidad con que se persuadió la
mal vengada Laura (La más prudente
venganza).
Siempre pendiente de que su lectora no se canse le
permite que pase las digresiones de tal o cual pasaje, si lo desea:
y vuestra merced, señora Leonarda, si tiene más deseo de saber las
fortunas de Diana que de oír cantar a Fabio, podrá pasar los versos de este
romance sin leerlos (Las fortunas de
Diana).
Asimismo hay otros casos en los que Lope ironiza en cuanto a la educación o capacidad de
comprensión de Marcia[31],
que, de pronto parece no conocer ni a Aristóteles:
Demás que yo he pensado que tienen las novelas los mismos preceptos
que las comedias, cuyo fin es haber dado su autor contento y gusto al pueblo,
aunque se ahorque el arte, y esto, aunque va dicho al descuido, fue opinión de
Aristóteles. Y por si vuestra merced no supiere quién es este hombre, desde hoy
quede advertida de que no supo latín, porque habló en la lengua que le
enseñaron sus padres, y pienso que era en Grecia (La desdicha por la honra).
Pero a vuestra merced ¿qué le va ni le viene en que hablen como
quisieren de Garcilaso? (...) Atrévome con vuestra merced con lo que se viene a
la pluma, porque sé que, como no ha estudiado retórica, no sabrá cuánto en ella
se reprehenden las digresiones largas (Las
fortunas de Diana).
En general, Lope describe a su receptora como mujer que sabe lo suficiente para poder mantener ese pseudodiálogo valioso y sugestivo para la creación literaria al que asistimos como lectores. Marcia debe saber y sabe sólo para escuchar, tiene que ser y es culturalmente obra del amante, y así funciona perfectamente como receptora. Al final, de lo que se trata es de conseguir una Marcia dócil, maleable, elástica, manejable por el creador y a disposición del narrador[32].
No por esto deja Lope de ser respetuoso
y comprensivo con ella. Al final de su vida era consciente de la dificultad de
ser mujer en su sociedad, además, su educación humanista y su carácter
optimista le vuelven a alejar de la desengañada María de Zayas, y defiende el
matrimonio como estado de equilibrio y bienestar, como institución que combina
el amor espiritual y el físico, y a ambos en armonía. Incluso llega a defender
la necesidad de una “cátedra de casamiento” donde los jóvenes aprendieran antes
de casarse a “formarse en el amor a la dama” (La más prudente venganza)[33].
Lope consigue individualizar al máximo a su destinatario; en esto radica
la originalidad de la obra. El público sigue siendo lo más importante para el
genial dramaturgo, y en estas novelas el público se personaliza
en Marcia Leonarda.
Las cuatro historias o cuentos que narra Lope presentan un complejo
entramado de tradiciones medievales, renacentistas, españolas e italianas, como
era frecuente en la prosa novelística de la época. El folklore y la cuentística
popular se van entremezclando con temas y motivos de los libros de caballerías,
del mundo de los libros de pastores, de las historias de cautivos y de las
aventuras bizantinas: amaneceres mitológicos, diálogos de amor, bailes y
canciones en un locus amoenus,
lamentaciones de enamoradas perdidas o abandonadas, anagnórisis, aventuras en
países exóticos etc.
Haremos ahora un breve comentario de estas cuatro novelitas, atendiendo a sus argumentos, personajes y
características generales.
En los comienzos de los relatos y en la mayoría de los finales
reconocemos la profunda huella que en Lope dejó la cuentística
popular y tradicional: “En la insigne ciudad de Toledo... había no ha muchos tiempos
dos caballeros...” (Las fortunas...);
“En
una villa insigne del arzobispado de Toledo... se crió un mancebo...” (La desdicha...); “En la
opulenta Sevilla...” (La más prudente...), y, coincidiendo con Cervantes, en Guzmán el Bueno:
“En una de las ciudades de España, que no importa a la fábula su
nombre...”.
Los finales también conservan el gusto por la moraleja o las albricias
de rigor, como en el final de Las
fortunas de Diana: “Que yo me parto a Toledo
a pedir albricias a Lisena y Otavio
de que ya hicieron fin las fortunas de la hermosa Diana y el firme Celio”. O en el siguiente caso:
Ésta fue la prudente venganza, si alguna puede tener este nombre, no
escrita, como he dicho, para ejemplo de los agraviados, sino para escarmiento
de los que agravian, y porque se vea cuán verdadero salió el adagio de que los
ofendidos escriben en mármol y en agua los que ofenden, pues Marcelo tenía en
el corazón la ofensa, mármol en dureza, dos largos años, y Lisardo tan escrita
en el agua, que murió en ella” (La más
prudente venganza).
Las características de los personajes responden a una tipología bien conocida. Felisardo,
el protagonista de La desdicha por la
honra, es un “mancebo de gentil disposición y
talle, y no menos virtuosas costumbres y entendimiento”; su compañera Silvia
es “dama verdaderamente en quien concurrían todas las partes que hacen una mujer perfecta en sus
primeros años”, y Lisardo es un “caballero mozo, bien nacido, bien proporcionado, bien entendido
y bienquisto” (La más prudente venganza). En estos como en los otros casos,
podemos ver la relación que existe con los galanes y las damas que pueblan las
comedias de Lope, así lo ha señalado Francisco Ynduráin afirmando que tanto el
comportamiento, como las maneras son las mismas[34]. Sin duda, la influencia del teatro vuelve a ser prioritaria en el
diseño de los protagonistas de las novelitas de Lope.
Estos jóvenes galanes y sus damas van a
tener un modo de comportamiento muy convencional. Los móviles, los pretextos,
los desencadenantes de la acción serán los limitados al honor, al amor, a los
celos y a las venganzas. En La desdicha
por la honra, por ejemplo, el motivo principal que pone en movimiento al
protagonista será el honor, en este caso, la búsqueda de “honra”. El joven
Felisardo, que ignora su origen arábigo cuando se compromete con la joven “de
calidad” Sylvia, se entera de su procedencia y decide lanzarse a la aventura
para realizar las proezas que le devuelvan su honra y su calidad de español.
Como en el caso anterior, una vez en movimiento, damas y galanes se
comportarán de acuerdo a las características y convenciones del héroe peregrino
de las novelas de aventura bizantina[35]. Diana, por ejemplo, en las Fortunas,
embarazada de su amante Celio, huye de la casa materna, da a luz y se disfraza de
pastor para no ser reconocida; después de una serie de avatares más o menos
dignos de crédito, gana la confianza de un duque y acaba siendo virrey en
América. En Guzmán el Bueno, el
protagonista lucha contra el Gran Turco, pelea en la batalla de Lepanto, naufraga
y sufre cautiverio en Túnez, donde se nos describe un enredo amoroso típico de
los relatos de cautivos.
Las fortunas de Diana, La desdicha por la honra y Guzmán el Bueno están concebida en gran
medida según el modelo de los libros de aventura bizantina, aunque se entrecrucen pasajes procedentes de los libros
de pastores o de cautivos. La admiración de Lope (igualmente de Cervantes) por
Heliodoro queda patente desde la primera novela en la que pone de manifiesto
que éste va ser su modelo: “quisiera ser un Heliodoro para contarlos” o “Ruego sepa vuestra merced que muchas veces hace
esto mismo Heliodoro con Teágenes
y otras con Cariclea, para mayor gusto del que escucha con la
suspensión de lo que espera”
(Las fortunas...). Los elementos de este género se imponen, así
encontraremos con frecuencia los siguientes: la preponderancia de aventuras
sobre un paisaje cambiante (el mar con sus naufragios, raptos, tormentas etc.);
un eje amoroso puesto a prueba por separaciones y desencuentros; personajes
episódicos; fondo moral con respaldo de sentencias; toques de humor (en la
técnica narrativa), y final feliz etc.
En Las fortunas de Diana,
mientras Ynduráin hace hincapié en lo convencional
de la presentación de los hechos narrativos y en el escaso aparato erudito del que abusará en las posteriores: “Ya no hay farragosas
digresiones sobre puntos curiosos o raros, y una moderada referencia a autoridades
y lugares levanta el tono sin enfadar”[36], nosotros preferimos la opinión de Pabst y
considerar la novela casi un “divertimiento literario” donde “el
trabajo (está) construido de acuerdo con la receta previa, se viste de
erudición, se recarga de aforismos y desengaños cortesanos, se fundamenta en cuentos y
en caballerías. Es un conjunto
artificial, no una obra de arte; un experimento, no una novela”[37].
Muchas de las cosas que nos cuenta Lope en
esta novela resultan poco creíbles; Lope
puede prestar presta poca atención a la verosimilitud, pues recordemos que
desde las palabras preeliminares relaciona las novelas con los cuentos y con
los libros de caballerías. Gran parte del material que conforma la narración podría
calificarse de extraordinario y la otra parte funcionaría pendiente del
entretenimiento. Ambos son valores que busca el autor. No importa que Diana
entregue su cofre de diamantes al primero que responde a su llamada por la
noche, que conviva vestida de varón con su amante durante una travesía sin que
éste la reconozca, ni que llegue a ser virrey en América. La novela ha sido
concebida de acuerdo a una serie de principios en los que Lope creía en 1621.
Las fortunas de Diana parece ser una de las fuentes literarias, que utiliza María de Zayas en El juez de su casa y, según Avalle‑Arce,
“tiene algún paralelo con la Señora Cornelia
de Cervantes”[38]. No es este el lugar apropiado pero una comparación entre esta primera
novelita de Lope y la de María de Zayas nos daría pie a establecer diferencias
interesantes entre ellos.
En La desdicha por la honra
encontramos elementos propios de los libros de cautivos y de las comedias de
honor. Como ya dijimos, Felisardo huye de Italia,
abandonando a su señor y a su dama, para ir a Constantinopla,
tras enterarse de que lleva sangre de abencerraje y
se ha decretado la expulsión de los moriscos en España.
Lope elige una ambientación exótica para esta novela, llevado por el éxito
de los libros de cautivos y del tema del cautiverio en general, (incluyendo el
que éste obtenía en el teatro, por ejemplo, los Baños de Argel y La gran sultana
de Cervantes), y abandona a su protagonista a un mundo de aventuras y pericias
para que limpie esa supuesta mancha de sangre.
La estancia en Constantinopla le sirve de pretexto
para hacer una larga descripción de la ciudad y las costumbres de sus
habitantes. Descripciones y digresiones sobre esta ciudad y la Corte del Gran
Turco[39], que llevaron a Marcel Bataillon a
investigar y acabar descubriendo la fuente que manejaba nuestro autor para tan
pormenorizados detalles; “no era de suponer, sugiere Bataillon,
que Lope dedicase mucho
tiempo a faenas pacientes de documentación sobre las cosas de Turquía”[40]. Lope utiliza y copia del libro de Octavio Sapiencia (Nuevo
tratado de Turquía con una descripción del sitio y ciudad de Constantinopla, costumbres del Gran Turco, de su modo
de govierno, de su palacio, consejo, martyrios de algunos mártyres, Madrid, Viuda de Alonso Martín[41], 1622) todo lo que constituye el marco ambiental de la novela y
también la historia del propio Felisardo.
El tema principal es la honra y la lucha por la limpieza de sangre, y Lope da una solución acertada, al concluir reconociendo
que hay una nobleza musulmana y una nobleza cristiana, y que tan pura es la
sangre de una como de otra. Felisardo llegará de sus viajes y
habrá ganado en nobleza, habrá demostrado que un hombre, a través de la
realización de valientes hazañas en nombre de su rey y de su religión, puede
recuperar su identidad y su honra. Lope no
necesita profundizar en la psicología de su personaje ni en la trascendencia
del tema, pues, como advierte felizmente Bataillon,
“para Lope,
idear un héroe no es meditar sobre un destino y una conducta; es percibir un gesto y trazar
en el aire la línea quebrada de unas aventuras fulgurantes”[42].
Tanto Cirot como Ynduráin señalan[43] fallos de composición y de estilo, mientras que Pabst considera que Las fortunas de Diana y La desdicha por la honra no logran liberarse de la carga teórica que las antecede y por eso son las menos logradas estéticamente, pues entre digresiones y citas eruditas acaban siendo “víctimas de un exceso de elaboración científica”. También Pabst ve en esta novela una parodia del culteranismo y del conceptismo, que comenzaría en la parábola del labrador que no sabía el credo.[44]
Lo que está claro, es que
para Lope el principio de variedad está por encima del de unidad, y que ésa es
la razón que le lleva a insertar poemas en boca de personajes a veces de manera
brusca, como también hace con algunas de las digresiones, sabiendo que a cierto
sector del público estas inserciones no le gustarán, pero apostando por una variedad
que le permitía alardear de su capacidad para la poesía. Los poemas que Lope introduce son composiciones de estilo conceptista
o culterano, más o menos afortunadas, algunas en tono paródico, al igual que
las digresiones y descripciones a las que no referíamos antes, con sus construcciones
y largos períodos, que sirven de burla el preciosismo
estilístico de los cultos[45].
La más prudente venganza es, a ojos de la crítica,
la novela más conseguida de las dedicadas a Marcia
Leonarda. Es una historia de amor en la que abundan
elementos de la comedia[46].
Lisardo y Laura viven en
Sevilla y, tras darse pruebas de enamoramiento, deciden no formalizar su
relación hasta alimentar su amor; pero tras una serie de confusiones Lisardo se
ve involucrado en una pendencia y tiene que salir huyendo de España. Con el
tiempo, Laura duda de la fidelidad de su amante y se
casa con otro. Lisardo regresa y se vuelve a entablar
la relación amorosa entre ellos. La pasión acaba saltando las barreras sociales
y los lazos del matrimonio. La venganza del marido de Laura, engañado, será rigurosa; culpables y confidentes morirán y con ellos desaparecerá la sospecha
de deshonra[47].
No hay programa ni
cuestiones teóricas en el encabezamiento, y, aunque también la
adornan comentarios, digresiones
eruditas y giros culteranos
y conceptistas, éstos están mucho mejor engarzados en el hilo narrativo que en
las anteriores novelitas.
En esta historia, Lope profundiza más en los sentimientos y estados de
ánimo de sus protagonistas. Conocemos el corazón de los amantes a través de
cartas, como en los libros sentimentales[48], de poemas y conversaciones en la intimidad. La erudición y las
digresiones rondarán la temática amorosa, pues, aunque el tema sea el del honor
manchado, toda la novela gira en torno al amor y a su definición. El amor todo lo vence, como reza el emblema de Alciato, el amor en el
laberinto, en el enredo, como locura, amor frente a fortuna, deshonrado, roto
por el adulterio. Pero al final de la novela lo que destaca es la defensa de su
opinión contra el uso de la violencia como solución de casos de agravios[49]:
Y he sido de parecer siempre que no se lava bien la mancha de la honra
del agraviado con la sangre del que le ofendió, porque lo que fue no puede
dejar de ser y desatino creer que se quita, porque se mate al ofensor, las
ofensas del ofendido. Lo que hay en esto es que el agraviado se queda con su
agravio y el otro, muerto, satisfaciendo los deseos de la venganza, pero no las
calidades de la honra, que para ser perfecta no ha de ser ofendida.
Los criados se comportan como criados de comedia[50]. Sirven de mediadores y confidentes, dejando oír su voz y su opinión
en numerosos casos. El realismo de sus comentarios se acompaña de la
descripción de sus gestos o su modo de vestir: Fenisa,
por ejemplo, se recoge “su manto y aquel sombrero que con
tanta bizarría se ponen las sevillanas”.
Como es habitual en la literatura del Siglo de Oro, sobre todo tras
la influencia de Ariosto, también nuestro autor busca la mesura en la expresión de los estados pasionales, y, como ya
hemos visto en las anteriores, también en ésta gusta de introducir esos
comentarios cultos o citas de autoridades, que distancian al lector y enfrían el discurso del personaje. En esta novelita Lope
acierta al utilizar este recurso, y parece dominarlo mejor, por eso, como dice Pabst, “cuanto más se acerca la pericia a su
punto culminante, tanto más retrocede y se ausenta la ornamentación”[51] .
Es esta la novela menos convencional, también podemos considerarla la
mejor construida y la que consigue un perfecto equilibrio entre todos los
elementos, como dice Francisco Rico:
...a la delicadeza del estudio
psicológico se une también en ella el interés de la intriga que la remata; la
trama se desarrolla al ritmo más oportuno a cada
situación, pausado o rápido, según convenga a la armonía del conjunto y no duda
en reflejarse en diálogos llenos de vida y verdad; el carácter cortesano del
asunto condice admirablemente con los
paréntesis en verso; los comentarios del autor son más ajustados que nunca[52].
La última novela corta que escribe Lope ‑Guzmán el Bravo‑ también carece de
comentarios teóricos en los preliminares, y es una historia de honor y de
cautivos.
Don Felis de Guzmán es
un noble de fuerzas descomunales en el que se unen “la
blandura mercurial del entendimiento con la fuerza marcial de la osadía”. Esta característica del
personaje da pie a Lope para hacer una breve
digresión sobre casos de famosos forzudos y, a modo de halago al conde‑duque
de Olivares, otra sobre la batalla naval
de Lepanto y su propia comedia La Santa Liga.
Después de una serie de aventuras, don Felis llega a tierra de moros
cautivo. Allí le acompaña un criado, llamado Mendocica,
del que se enamora una rica judía; éste resultará no ser hombre, sino Delicia, una dama que sigue a don Felis en su
cautiverio y ha elegido para ello el disfraz de varón.
En este simple argumento podemos ver la mezcla de géneros bien
conocidos por todos y a la que la novelística nos tiene acostumbrados. Quizá ésta
sea la razón por la que el lector perciba más fácilmente la carga paródica,
satírica y el fondo de humor que subyace a toda la novela. Para Pabst, esta novela es una sátira del género
caballeresco y sigue el modelo de las sátiras italianas. En ella se intenta mostrar
“la discrepancia que existe entre el
derroche de fuerzas físicas y el éxito moral”[53]. Las digresiones, anécdotas y exageraciones parodiando el estilo
culterano responden también a esa intención de sátira generalizada.
Fernando Copello[54] considera esta novela como una parodia general del sistema que Cervantes aplicara a sus Novelas Ejemplares, parodia que se ampliaría a los novelistas que habían seguido su modelo. La intención paródica se asentaría desde la polisemia del nombre del héroe, la casa ilustre que representa, su origen alemán y el aspecto de caballero bereber: “Era don Felis moreno, tenía más de agradable que de hermoso, cabello y bozo negro...”. Posiblemente se trata de alusiones al linaje impuro de la familia del conde-duque.
Marina Scordilis Brownlee dice que se trata de una parodia de los
libros de caballerías y Carmen Rabell afirma que rompe con las leyes de la
unidad y la posibilidad de Aristóteles y “abraza la tradición retórica con el
propósito de desagradar al lector. Utilizar las artes de la elocuencia de
manera que se produzca el efecto contrario de los fines retóricos es la
venganza que se toma nuestro narrador en esta novela”[55].
La parodia parece, pues, extenderse a todos los niveles de una narración en la que los episodios no tienen más unión entre ellos que la que les da el héroe. Las peripecias de éste no son producto de un error, sino simplemente de la mala fortuna o de la maldad de los demás. No hay por tanto didactismo, ni enseñanza, ni aviso.
También hay una cierta nostalgia por los temas del romancero nuevo,
que tanto gustaban a Lope.
Esta historia le permite idealizar el modo de vivir, los atuendos
y el exotismo de los árabes, y también una serie de comportamientos
caballerescos que resultaban ya entonces trasnochados.
Al final de esta novela, Lope
promete otra más en la que el amor y los celos serán los protagonistas y
asegura que gustará más al público femenino, su título El pastor de Galatea, pero nunca llegará a escribirla.
No vamos a destacar en las novelas que comentamos la perfección
estilística, ni la habilidad narrativa o la gracia en la selección de los
argumentos que sin duda todas tienen. Lope
escribe sus novelas con naturalidad y espontaneidad, y con el propósito de
divertir a su dama. Poco importa que las historias narradas se ajusten o no a
la verosimilitud o que contengan sus pensamientos en voz alta sobre la manera
de resolver tal o cual situación. En la primera novela Lope
se da cuenta de la falta de preceptivas, de lo novedoso del género que trata,
de sus posibilidades; se acuerda de los libros de caballerías y de los cuentos
de tradición oral, busca autoridades clásicas y humanísticas,
y se lanza a la empresa con cierta inseguridad.
Al publicar las otras tres novelitas ya ha pasado el tiempo, sabe cuál es la actitud del público culto ante sus historias, conoce las claves del nuevo género y ha comprobado que se presta a la defensa de la libre creación y a la variedad. El objetivo seguirá siendo el mismo: entretener y distraer al lector, los ingredientes también: cartas y diálogos de amor, historias peregrinas y extraordinarios sucesos, poemas y romances[56], críticas contra los culteranos, digresiones eruditas y gestos cariñosos, sutiles galanteos y bromas llenas de complicidad para su dama[57]. Quizá en la última de ellas Lope manifieste cierto cansancio, como si no hubiera conseguido sentirse cómodo al final con el género, o simplemente hubiera llegado a la consideración de que éste no daba para más.
Julia Barella
NUESTRA EDICIÓN
La presente edición sigue
fielmente el texto de las primeras ediciones. Para Las fortunas de Diana he
utilizado un ejemplar de la princeps (La Filomena, Madrid, Alonso
Pérez, 1621, fols. 59‑75).
Para La desdicha por la honra, La más prudente venganza y Guzmán el Bravo he seguido la reimpresión facsímil de La Circe (Madrid, Colección Tesoro, 1935). He cotejado estas
primeras ediciones con las de J. D. y L. A. Fitzgerald
(1915), F. Rico (1968) y J. M. Blecua (1969).
La puntuación y
acentuación siguen las normas vigentes en la actualidad. En lo que respecta a
las grafías, he modernizado las
vacilaciones u‑v, s‑ss, x‑j, i‑y, suprimido la s larga, la ç y las grafías cultas tipo ph. Se
desarrollan las abreviaturas, se respetan las contracciones de artículo y
preposición: della, desta, etc., y
las alternancias tipo agora‑ahora.
J.B.
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[1] G. Sobejano, “La digresión
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a Marcia Leonarda de Lope de Vega”, Edad
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[2] Vid. José F. Montesinos, Estudios
sobre Lope de Vega, Salamanca, Anaya, 1967; Marina Scordilis Brownlee, The Poetics of Literary Theory, Potomac,
Studia Humanitatis, 1981 y Mª Cándida Muñoz Medrano, “Aproximación a las Novelas a Marcia Leonarda de Lope de
Vega” en Espéculo, Nº 10
(www.ucm.es/info/especulo/numero18/marciale.html) .
[3] La quinta de Florencia del Decameron
dará paso a toda la serie de saraos, carnavales, noches de invierno, huertas,
jardines y cigarrales de la literatura española. Desde los Diálogos de apacible entretenimiento(1605) de Lucas Hidalgo y las Noches de invierno de Eslava (ed.J.
Barella, Pamplona, Institución Príncipe de Viana, 1986), a Don Diego de Noche de Salas Barbadillo, Noches de placer (ed. Emilio Cotarelo, Madrid, Librería de los
Bibliófilos Españoles, 1906) y las Huertas
de Valencia (ed. Eduardo Juliá Martínez, Colección de Novelas de
Castillo Solórzano, Madrid, Soc. de Bibliófilos Españoles, 1944) de
Castillo Solórzano, Navidades en Madrid
de Maria de Carvajal (ed. Antonella Prato y prólogo de Maria Grazia Profeti
(Verona, Franco Angeli, 1988) y ed. Catherine Soriano, Madrid, Comunidad de
Madrid, 1993) y los Cigarrales de Toledo
de Tirso de Molina (ed.Luis Vázquez, Madrid, Castalia, 1996).
[4] Así denomina Lope las digresiones y apartes en La desdicha por la honra.
[5] Art. cit., p. 272.
[6] Como dice al comienzo de Las fortunas de Diana.
[7] La frecuencia de todos
estos elementos en la novelística española ha sido señalada entre otros por W.
Krömer, “Gattung und Wort novela im
spanischen 17. Jahrhundert”, Romanische
Forschungen, LXXXI (1969), p. 430 y Formas
de la narración breve en las literaturas romanicas hasta 1700, Madrid,
Gredos, 1979. Vid. El caso concreto
de Antonio de Eslava en mi artículo, “Las
noches de invierno de A. de E.: entre el folklore y la tradición erudita” Príncipe de Viana, nº 175 (1985), pp. 513-565.
[8] Cf.
Cándido Ayllón, “Sobre Cervantes y Lope: la Novella”,
RF, LXXV (1963), p. 282. Según Ayllón,
la división en actos más evidente es la de La
más prudente venganza, “cuyos tres actos pueden titularse 1.º Noviazgo, 2.º
Adulterio y 3.º Venganza”.
[9] Sobre
este tópico y el de la falsa modestia que se menciona seguidamente
consúltese el estudio de W.
Pabst. La novela corta en la teoría y en la creación literaria, Madrid, Gredos,
1972, p. 256. Sugerente el comentario que al respecto hace Rosa Navarro, ¿Por qué hay que leer a los clásicos?,
Barcelona, Ariel, 1996, pp.23-25.
[10] Vid. A. Porqueras Mayo, El prólogo en el Renacimiento español, Madrid. CSIC, 1965.
[11] Según
Pabst, Lope
busca los orígenes de la novela “en
esa forma narrativa presuntamente no escrita, situada en los límites de la
farsa, el cuento y la fábula, en aquellas historias de caballeros andantes llenas de aventuras increíbles, en aquella
imaginación y fantasía inventiva cuya tradición cuaja en las Novelas ejemplares” (op. cit., p. 260).
[12] Ver su edición de las Novelas a
Marcia Leonarda,
Madrid, 1968, p. 11.
[13] Para Suárez Figueroa “Las novelas, tomadas con el rigor que se debe,
es una composición ingeniosísima, cuyo ejemplo obliga a imitación o
escarmiento. No ha de ser simple ni desnuda, sino mañosa y vestida de
sentencias, documentos y todo lo demás que puede ministrar la prudente filosofía”
(El pasajero. Advertencias utilísimas a la vida humana por el docto C.S.F,
Madrid, Biblioteca Renacimiento, 1913, p. 55).
[14] Vid. Ramón Ménendez Pidal, “Lope de Vega, el arte nuevo y la nueva biografía”, RFE, XXII (1935), pp. 337 y ss.
[15] Evangelina Rodríguez y
María Haro eds. María de Zayas, Leonor de
Meneses, Mariana de Carvajal. Entre la rueca y la pluma. Novela de mujeres
en el Barroco. Madrid, Biblioteca
Nueva, 1999, p. 20. Vid. el estudio
de E. Rodríguez, Novela corta marginada
del siglo XVII español. Formulación y sociología en José Camerino y Andrés de
Prado, Valencia, Universidad, 1979.
[16] Evangelina Rodríguez y
María Haro, op. cit., pp. 38-40, y
Anne Cayuela, “La prosa de ficción entre 1625 y 1634. Balance de diez años sin
licencias para imprimir novelas en los Reinos de Castilla”, Mélanges de la Casa de Velázquez, XXIX 2
(1993), pp. 51-76.
[17] Op. cit. p. 47. Destaquemos, además, que
los ejemplos que elige Lope para adornar estos comportamientos son los tópicos
casos de Lucrecia y Tarquino, y Tamar y Amnón. Las citas cumplen muchas veces la
función de ilustrar las acciones de los personajes, de delimitar y definir su
estado anímico. Por eso las más divulgadas, las convertidas en lugares comunes, serán las
que mejor cumplen la función de adornar el discurso o explicar el
comportamiento afectivo de un determinado personaje
[18] Vid. Peter N. Dunn, Castillo
Solórzano and the Decline of the Spanish Novel, Oxford, Blackwell, 1952.
[19] Con esta afirmación Lope se aleja de la
propuesta cervantina, aunque reconoce la valía y el
interés de las Novelas ejemplares. Vid. Marina Scordilis Brownlee, op. cit., especialmente, pp.10-24 y J.
B. Avalle‑Arce que considera que Lope aspira a ser para la corte
literaria de Felipe IV lo que había sido Cervantes para la de Felipe III
(“Lope entre dos mundos”, NRFH, XXIV
(1975), p. 311).
[20] Lía Schwartz, art, cit. p.266.
[21] Ib., p. 285. Vid. el
artículo de Gonzalo Martínez Camino, “La novela corta del Barroco español y la
formación de una subjetividad señorial”, BHS,
LXXIII (1996), pp. 33-47.
[22] J. Barella en Introducción
a Novelas a Marcia Leonarda, Madrid, Júcar, 1988, p. 23
[23] “Lope de Vega como novelador”,
en Reelección de clásicos, Madrid, Prensa Española,
1969, p. 158.
[24] Vid. Simon A. Vosters,
Lope de Vega y la tradición occidental,
Madrid, Castalia, 1977, 2 vols. Los amaneceres mitológicos, por ejemplo, son
utilizados con frecuencia por Lope, no sólo en esta novela, sino en otras de
sus obras. Vid. M. R. Lida de
Malkiel, “El amanecer mitológico en la poesía narrativa española”, en La tradición clásica en España,
Barcelona, Ariel, 1975, pp. 119‑165.
[25] Bruce W. Wardropper señaló
la seducción como un elemento fundamental de las NML: “Lope de Vega´s Short Stories: Priesthood ad the Art of
Literary Seduction” Medieval and
Renaissance Studies, Durham: Duke U.P., 1966); y F. Ynduráin indica como
“Lope se ha servido de la novela para galantear o, como se decía entonces –Lope
informa-, para festejar a su amada. Esta es la diferencia y en ello reside la
causa de que un viejo y frío recurso (se refiere al de vuestra merced) se haya
revitalizado primorosamente” (op. cit.
p. 149).
[26] Asunción Rallo, “Invención
y diseño del receptor femenino en las Novelas
a Marcia Leonarda de Lope de Vega”, Dicenda,
nº 8 (1989), p. 165.
[27] “Se entretiene a sí mismo”
dice C. Ayllón, art. cit., p. 278.
[28] Vid. M.ª del Carmen Hernández,
“El arte de la digresión y la voz del narrador en las Novelas a Marcia
Leonarda”,
Anales de la Universidad de Murcia. Filosofía y Letras, 4 (1980), pp. 263‑281.
[29] Vid. C. Bravo‑Villasante,
“El gracioso y la negación de la ficción de la comedia”, RFE, XXVIII
(1944), pp. 264 y ss., e Ynduráin, op. cit., p. 144.
[30] A.
Zamora Vicente señala la relación de estas novelas con el género epistolar (Lope de Vega: su vida y obra, Madrid,
Gredos, 1969). Para B. W. Wardropper son en cierta medida
cartas de amor («Lope de Vega's short stories: Priesthood and art of literary
seduction», en Medieval and Renaissance
studies, Durham, Duke University Press, 1968, pp. 57‑73).
[31] Vid. Scordilis, op. cit,
p. 38
[32] “Lo original, según Pabst, en él consiste en lo que podríamos
llamar mudez “activa” de la oyente, quien –según nos relata el autor- solicita
una novela, para alabarla luego con tantos extremos de entusiasmo, que en esta
alabanza iba ya implícito el deseo de recibir otras más, pero que luego,
mediante su conducta y sin manifestar una sola palabra, despierta en el
narrador el temor primero, y luego la melancólica certeza, de que al fin, éste
se verá engañado en el salario que espera por su “sacrificio” (no olvidemos que
escribe sus novelas contra su afición y sus naturales dotes, y sólo por
demostrar rendimientos y amor).” (Op.
cit. p. 252) Vid. M. Scordilis Brownlee, op.
cit., p. 4)
[33] Sobre el tema vid. A. Egido, “La universidad de amor”
y La dama boba”, BBMP, LIV (1978), pp. 363-366.
[34] Op. cit., p. 144
[35] Vid. A. Vilanova,
“El peregrino andante en el Persiles de Cervantes”, BRABL, XXII (1949), pp. 97‑159;
E. Carilla, “La novela bizantina en España”, RFE, XLIX (1966), pp. 275-287; J. Barella “Heliodoro y la novela
corta del siglo XVII” Cuadernos
hispanoamericanos, nº 529-530 (1994), pp. 203-222.; Javier González Rovira,
La novela bizantina de la edad de oro,
Madrid, Gredos, 1996 y Emilia I. Deffis de Calvo, Viajeros, peregrinos y enamorados. La novela española de peregrinación
del siglo XVII, Pamplona, Universidad de Navarra-Eunsa, 1999.
[37] Op. cit., p. 278. Asimismo B. Wardropper, op. cit., p. 62.
[39] Digresiones desproporcionadas
y pedantes según G. Cirot, “Valeur littéraire des nouvelles de Lope de Vega”, Bulletin Hispanique, XXVIII,
1926, p. 332. También para F. Ynduráin “la novela se desdibuja
y pierde autenticidad... por el afán de dar noticias peregrinas” (op. cit., p. 151).
[40] M. Bataillon, op. cit., p. 376.
[41] En la misma imprenta donde dos años
después Lope publica La Circe.
[42] Op. cit., p. 401. Bastante desafortunados
son los comentarios que hace Donald McGrady en la Introducción a las Obras Completas de Lope de Vega en la
desigual Biblioteca Castro (Madrid, 1998), ponemos sólo un ejemplo: “La
inesperada noticia tremebunda de que Felisardo tiene sangre mora en las venas
crea un caso que se hubiera prestado a un atormentado autoanálisis del
protagonista; sin embargo, éste no era el fuerte ni de Lope ni de sus
compatriotas (contrariamente, da gusto imaginar lo que Shakespeare hubiera
hecho con semejante dilema)....” p. XXI.
[44] Op.,
cit. pp. 278-279 y ss.
[45] Vid. E. Orozco Díaz,
Lope y Góngora frente
a frente, Madrid, Gredos, 1973, y C.Rabell, op. cit., p. 52
[47] La
influencia de los novellieri
en el teatro y en la novelística
española de los siglos XVI y XVII
puede ser rastreada con frecuencia, sobre todo en lo que a argumentos y motivos
temáticos se refiere. Se pueden establecer paralelos entre el argumento de esta
historia y las Historias trágicas de Bandello, el anónimo autor de las Cent nouvelles nouvelles, Des Periers
y Margarita de Valois (vid. W. Krömer, Formas
de la narración breve en las literaturas románicas
hasta 1700, Madrid, Gredos,
1979, p. 227). Sobre la influencia de los novellieri en Lope pueden consultarse
los ya clásicos trabajos de C. Bourland, «Boccaccio and the Decameron
in Castilian and
Catalan Literature», RH,
XII (1905), pp. 1‑35, y The Short Story in Spain in Seventeenth Century with a Bibliography of
the Novela 1576‑1700, Northampton,
Smith
College, 1927, reimpr.
en Nueva York, 1973; A. Gasparetti, «Giraldi e Lope», BHi,
XXXII
(1930), pp. 372‑403, y E. Köhler, «Lope et Bandello», en Hommage á E. Martinenche, París, 1939, pp. 116‑142.
[48] Pabst
ha señalado que la separación de los amantes recuerda a la despedida entre Euríalo y Lucrecia en la Historia de duobus amantibus de Piccolomini (op. cit., p. 283).
[49] M.
Bataillon
insiste en la preocupación de Lope
por el tema de la honra: «En La más prudente venganza interviene la fatalidad social de la
honra para impulsar al marido burlado a una serie de asesinatos disimulados. Condena Lope
estos actos de venganza... porque cree que la honra fundada en la opinión, para ser perfecta, no ha de ser ofendida» (op. cit., p. 396).
[51] Op. cit., p. 283.
[52] Op. cit., p. 14.
[54] “L’utilisation parodique des liens de parenté
dans Guzmán el bravo de Lope de Vega”, Autour
des parentés en Espagne aux XVI et XVII siècles. Histoire, mythe et
littérature. (Études réunies et présenteés par Augustín
Redondo, Paris: Publications de la Sorbonne, 1987, pp. 183-191.
[55] Op. cit., p. 71.
[56] Lope
puso mucha atención, como señala Francisco Rico, en la selección de estos
poemas, todos ellos escritos con anterioridad (op. cit., p. 18).
[57] Como
dice B. W. Wardropper,
«en cierto sentido estas novelas son
el equivalente de cartas de amor: expresan por escrito el amor de un hombre por
una mujer. La sutil y compleja declaración de amor es su función literaria principal», op. cit., p. 72.