Atardece en la casa de placer: de duquesas, dueñas y doncellas

 

 

 

JULIA BARELLA

UNIVERSIDAD DE ALCALÁ

 

 

 

                                                                                                             

Cuando la Duquesa vislumbre al final del camino la silueta de don Quijote y Sancho, a los que lleva horas esperando, posiblemente sonría. La llegada de estos dos personajes promete unos días de ingenioso entretenimiento y diversión que le harán olvidar la vida rutinaria con el Duque, la cacería, las horas de lectura y charla con sus damas.

Estos capítulos tienen un carácter excepcional por muchas razones. En primer lugar, se produce una circunstancia única: don Quijote y Sancho se separan, para que Sancho por fin consiga su puesto de gobernador en su soñada ínsula. En segundo lugar, don Quijote es tratado dentro de las convenciones literarias de los libros de caballerías en un ambiente refinado, en el que ya no será necesario transformar la realidad, pues ésta se adapta perfectamente a sus sueños literarios. Abandonamos los ambientes de ventas y pastores para convivir con la nobleza en sus lujosos aposentos y asistiremos a sabrosas comidas animadas por refinadas conversaciones con las que los Duques agasajarán a sus huéspedes.

Cervantes en estos capítulos se ocupa de la aristocracia, que hasta ahora no había tenido ningún protagonismo en su libro, y aprovecha estos capítulos para convertir ese palacio de los Duques en un palacio que represente el ambiente festivo que reinaba en la Corte [1] .

La corte de Felipe II había vivido unos años de gran recogimiento y austeridad, a la muerte del rey en 1598, Felipe III cambia esa atmósfera de ascetismo por el brillo de una corte proclive a las fiestas y a los carnavales. En la corte de Valladolid, los cortesanos disfrutarán en las continuas fiestas que se organizan en los palacios, con las burlas, los carnavales y las variadas representaciones organizadas para su divertimento. La Corte se carnavaliza, como dice Agustín Redondo y los bufones cobran inusitado protagonismo. Así en los capítulos ambientados en este palacio ducal, Cervantes reflejará ese ambiente jocoso de la corte, haciendo que sus personajes, el “cuaresmal caballero de la triste figura y su rústico y carnavalesco escudero” [2] , sufran algunas de estas burlas y sean tratados como bufones.

Don Carlos de Borja y doña María Luisa de Aragón, Duques de Luna y Villahermosa con residencia en Pedrola, pudieron haber servido de modelo de inspiración a Cervantes, cuando éste se disponía a escribir estos capítulos situados en Aragón. No había concedido a esta clase social el protagonismo que se merecía en su libro, así que la elección de estos personajes y la descripción del ambiente que les rodea fueron muy útiles a sus fines [3] . 

Durante los años de paz del reinado de Felipe III, son muchos los escritores que manifiestan su preocupación por el aumento de la ociosidad, no sólo en las clases altas y entre los cortesanos, sino también entre los militares. Mateo Vázquez, Lugo y Dávila, Camerino, Agustín de Rojas, entre otros, utilizan los prólogos de sus novelas para avisar de los peligros de la ociosidad [4] , y muchos son los que justifican su actividad literaria como recurso para ocupar su propio ocio o del de los amigos [5] . La ociosidad reina en la casa de placer de nuestros Duques. Nunca les veremos preocuparse por temas relativos al gobierno, a la administración de las tierras o a cualquier otra actividad. Eso sí, siempre parecen dispuestos a organizar cacerías, comidas y toda clase de representaciones, saraos y demás diversiones. Por eso, cuando Cervantes decide dar por terminada la estancia en el palacio escribe:

 

Ya le pareció a Don Quijote que era bien salir de tanta ociosidad como la que en aquel castillo tenía; que se imaginaba ser grande falta que su persona hacía en dejarse estar encerrado y perezoso entre los infinitos regalos y deleites, que como a caballero andante aquellos señores le hacían, y parecíale que había de dar cuenta estrecha al cielo de aquella ociosidad y encerramiento [6] (p. 846).

 

La Duquesa es, desde luego, la que más protagonismo tiene en estos capítulos. Y está claro que la Duquesa se aburre, no tiene responsabilidades en las tareas de gobierno, disfruta de mucho tiempo libre y no es nada perezosa, más bien es una mujer activa, inteligente y curiosa; y será ella la que tome la iniciativa en la mayor parte de las actividades que se organizan.

Al ser un personaje literario, trataré de construir una imagen de ella a base de los datos de que dispongo, que son, en primer lugar, los que se observan en la narración (oyéndola y viéndola moverse como mujer y personaje creado por Cervantes) y, en segundo lugar,  desde fuera de la narración, teniendo en cuenta que quien de ella trata es también mujer y que, como tal, incluirá en las argumentaciones y conclusiones, sus conocimientos y sus experiencias.

 

Cervantes ha elegido un personaje femenino para protagonizar estos episodios [7] , ha elegido a una Duquesa lectora, aficionada a los libros de caballerías y que, además, ha leído ya la Primera Parte de las aventuras de un don Quijote todavía ingenioso hidalgo [8] . Como otros escritores de su época Cervantes está muy interesado en las reacciones y las opiniones de ese nuevo público lector, integrado por mujeres, que tanto se ha desarrollado en los últimos años. Este es el público al que Lope de Vega dedica sus Novelas a Marcia Leonarda [9] , y, desde luego, el que hace posible la existencia de escritoras como Ana Caro, María de Zayas, Mariana de Carvajal o Leonor de Meneses.

No cabe duda, de que Cervantes conoce la importancia del potencial de mujeres lectoras, y lo mucho que éstas tuvieron que ver con el éxito de Los siete libros de la Diana. Pero también sabe que, desde la segunda mitad del XVI, se desaconseja a las mujeres la lectura de libros de ficción [10] , reorientándolas hacia los libros de devoción. Así que elige cuidadosamente el tipo de mujer lectora que quiere para estos capítulos y, como vemos, será de las que ignore los preceptos y recomendaciones de los moralistas. Nuestra Duquesa no es la única mujer que lee en el Quijote, pero se diferencia en muchas cosas de las otras. No es como Dorotea que “ha vivido la ficción como realidad y la realidad como ficción gracias a las lecturas prohibidas” [11] . La Duquesa pertenece al grupo de mujeres que han aprendido a leer y a disfrutar con ello. No hay alusiones a su condición de mujer, ni a su inferioridad o subordinación. No pertenece a esos grupos de mujeres acostumbradas a leer en el espacio doméstico, a escondidas y dejándose llevar por la imaginación en los capítulos dedicados a los lances de amor.

La Duquesa, por el contrario, pone sus lecturas al servicio de la realidad; primero, para evadirse y entretenerse en las tardes de ocio y monotonía y, segundo, para alimentar y enriquecer su fantasía y poder disfrutar más inventando burlas y variadas representaciones, cuando le viene la ocasión. Ella sabe como controlar el conocimiento que tiene, como lectora, de los libros de caballerías frente a don Quijote y Sancho. Se apropia, cuando le conviene, de ese lenguaje y de los gestos, y las actitudes que ha aprendido de los personajes femeninos que los protagonizan.

El encuentro entre la Duquesa, don Quijote y Sancho se produce de modo casual en apariencia y al atardecer:

 

Sucedió, pues, que, otro día, al poner del sol y al salir de una selva, tendió Don Quijote la vista por un verde prados, y en lo último dél vió gente; y, llegándose cerca, conoció que eran cazadores de altanería”(p. 682).

 

Cervantes ha preferido prescindir de esos amaneceres o atardeceres mitológicos y poéticos tan frecuentes en los libros de caballerías y tan de su gusto. Por el contrario, en este caso, comienza con ese escueto “al ponerse el sol”. Por eso, no podemos olvidar......................................



[1]  Vid. Anthony Close, “Fiestas palaciegas en la segunda parte del Quijote”, en Actas del Segundo Coloquio Internacional de la Asociación de Cervantistas, Barcelona, Anthropos, 1991, pp. 475-484.

 

[2]  Agustín Redondo, Otra manera de leer el Quijote. Historia, tradiciones culturales y literatura, Madrid, Nueva Biblioteca de erudición y crítica, 1997, p.425.

 

[3] Héctor P. Márquez se sorprende de la falta de atención que merecen las damas de la aristocracia en relación con la presencia de mujeres de otras clases sociales:  “en la novela misma no se les otorga un lugar de mayor importancia a las damas de la aristocracia ni tampoco sale de ese grupo una que desarrolle una papel sobresaliente en la novela”, La representación de los personajes femeninos en el Quijote, Madrid, Porrúa Turanzas, 1990, p. 158. Imaginamos que también para él la Duquesa será una excepción.

[4] “La ociosidad para todos los corazones humanos es veneno” dice Mateo Vázquez en El filósofo del aldea  (ed. Emilio Cotarelo, Madrid, 1906, p. 161).

[5] Vid. Lugo y Dávila, Teatro popular, ed. Emilio Cotarelo, Madrid, 1906, p. 12.

[6] De ahora en adelante citaré siempre por la edición preparada por Astrana Marín, con los comentarios de Clemencín (Valencia, Alfredo Ortells, 1986).

[7] Para Carmen Castro: “Cervantes crea una Duquesa hacia el exterior, no hacia sí misma, de aquí que el personaje sea genérico: Duquesa y no más” (“Personajes femeninos de Cervantes”, Anales Cervantinos, III (1953), pp. 43-85).

[8]   Podríamos incluir también entre sus lecturas los dísticos de Catón, dedicados a la instrucción de los jóvenes, o los dísticos de Miquel Verini, florentino del entorno de Marsilio Ficino, que también escribió sobre las costumbres de los niños, y al que Policiano dedicó un epigrama que comienza, como recuerda la propia Duquesa, “Verinus Michael, fiorentibus occidit annis” en (p. 710).

[9] Vid. Lope de Vega, Novelas a Marcia Leonarda, ed. Julia Barella, Madrid, Biblioteca Nueva, 2003, pp. 26-33.

[10] J.L.Vives dedica el capítulo IV de la Institución de la mujer cristiana a recomendar “Cuáles libros se deben leer y cuales no”, en primer lugar, estarán las obras de devoción, la última el Cantar de los Cantares, y , entre los libros prohibidos los libros de caballerías. Las mujeres que se empeñaban en la lectura corrían el peligro de sufrir una “deformación que la conducirá a la infelicidad” (Asunción Rayo, “Los Coloquios matrimoniales de Pedro de Luján”, en V.V.A.A, Realidad histórica e invención literaria en torno a la mujer, Málaga, Servicio de Publicaciones de la Diputación, 1987).

[11] Lola Luna, Leyendo como una mujer la imagen de la mujer, Barcelona, Anthropos e Instituto Andaluz de la mujer, 1996, p. 121.