| Cerca de la punta de
tierra de espiches pedregosos,
con los ojos enrollados por palos blancos,
escanciándote en los oídos las incongruencias del
mar,
alojas tu cabeza desalentadora: pelota de Dios,
lente de piedades,
con tus provocadores
que manipulan sus células silvestres a la sombra de mi quilla,
acometiendo como corazones,
estigmas rojos en el centro exacto,
cabalgando las corrientes revueltas hasta el punto de partida más
próximo,
arrastrando sus cabellos como Jesucristo.
Me pregunto si me he escapado.
Mi mente se devana hacia ti,
viejo ombligo apercebado, cable transoceánico,
que se mantiene, al parecer, en maravilloso estado de conservación.
En cualquier caso, siempre estás ahí:
trémula respiración al otro lado de mi línea,
curva de agua que se levanta
en dirección a mi baqueta de zahorí, deslumbradora
y agradecida,
tocona y lamedora.
Yo no te llamé.
Sin embargo, sin embargo
navegaste hacia mí por el mar,
gruesa y roja, placenta
que paraliza el pataleo de los enamorados.
Luz de cobra
que exprime el aliento de las campanas de sangre
de la fucsia. Yo no podía tomar aliento,
muerta y sin dinero,
sobreexpuesta, como una radiografía.
¿Quién te crees que eres?
¿Una sagrada forma? ¿María la llorona?
No probaré bocado de tu cuerpo,
redoma en la que vivo,
lúgubre Vaticano.
Estoy harta hasta morir de la sal caliente.
Verdes como eunucos, tus deseos
se mofa de mis pecados.
¡Aparta, aparta, anguiloso tentáculo!
No hay nada entre nosotros.
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